Mariano (1811)

La negra corre con la piel irremediable, con el labio ancho que le pesa , aturdida por el sueño de la salvación, temblando con la carta que se estruja en su mano como un rescoldo que agoniza, como el viento que le mece la carta, como un rescoldo que mece la carta que agoniza, en pos de un sacerdote que no fue y presentó batalla.
Corre penetrando lejana, apenas concibiendo el olor del puerto y el pecho arrebolado de horror y calentura. Porque ella, conoce las letras, goza las letras y ahora sufre las letras.
Tiene que llegar. No importa la distancia, ni el hedor del muelle. Cierra los ojos y corre hasta La Ensenada con pies de cierva, con luz morena por los pastos. Cierra los ojos y sueña lo que nunca debió haber soñado pero que igual soñó. Y tiene la piel irremediable , y el labio ancho que le pesa, aturdida por el sueño de la salvación. Cierra los ojos de Guadalupe para que no la vea llorar por quien no debe. Llora el silencio y mece la carta que le anuncia.
Mariano divisó el escuna y dudó del ataque de Montevideo. Divisó el peligro, no estoy seguro por donde llegará el peligro, pensó, pero llegará y otra vez comenzó el sudor y el temblor en las piernas y cerró los ojos y soñó la patria que nunca debió haber soñado pero que igual soñó y tuvo el ideal insobornable.
Es acaso un mar el Río marrón y la criada lo intuye y lo distingue. Corre y vuela como una luz morena hasta que el corazón estalla en un remolino de esquirlas y agita la carta, la agita hasta que el papel parece una bandera innombrable, aun en el vientre del destino hacia la libertad. Y ella sabe que él sufre, sufre por el peso de la ingratitud, por la verdad velada que propuso, por la presión de los que acopian como un tesoro robado, el poder y la muerte y porque sabe leer. Porque Guadalupe le enseñó a leer.
No había falla en las operaciones. Su legado surge impecable, no habría fallado si me lo hubieran permitido y hubieran blandido la honorabilidad y la lealtad como corresponde, piensa, frunciendo su frente ahora salobre, ahora con la mirada surcando el destino en Inglaterra, soñando el sueño que no debió haber soñado jamás pero igual soñó.
El mar acuna la fragata "Fama" y el despliegue de las velas remeda el despliegue de la bandera futura, ni embrional siquiera, y roza el viento de cristal la frente sudada y arrugada por un dolor que le viene quien sabe por el dolor de los músculos o por el desgarro de la traición, y el mar que avanza sobre su frente, como avanza la sal sobre su frente, como los pulmones avanzan sobre la asfixia y la asfixia avanza sobre la ingratitud. No importa, dice Mariano, todavía falta mucho por hacer y lo voy hacer , y no quiere llorar y no llora pero debería llorar y guarda un abanico de luto en la caja admonitoria y se pone a llorar.
Doctor, le he traído agua, agua fresca del pozo, y la criada había cubierto su rubor con lo profundo de su piel irremediable y sus manos temblaban al compás de la jarra sobre la bandeja de plata, y la copa clara como el agua clara. Y el abanico incansable de la esposa buena, y una culpa sin título por algo que no hizo pero ocurría desde el corazón, desde el aljibe arduo de su garganta ancha como su labio ancho, como su pena ancha.
No suba, doctor, no suba, grita la cierva morena y corre hacia el muelle todavía lejano y cautivo en una línea fatal, y no suba doctor, no suba y tropieza por los pastos arenosos, desplazándose como un animal jadeante de tramos libres , resolviendo el aire , resolviendo el viento pero sin resolver el agua, el agua salada que ya acuna a Mariano , que ya arrastra a Mariano, y sufre , ahora llora, y sufre y ahora grita flameando la carta como una bandera sin nombre, ni embrional siquiera y sin colores, que augura y regodea la patria futura.
Cayó débil sobre la cama y tomó el brazo de Manuel y le pidió que cuidara a la esposa buena, a la amada, a la patria y sólo quiso volver a respirar para decir un nombre que no logró nombrar como no logró retener los días ni retener la calma y se bebió la patria como se bebió las lágrimas y la ingratitud, y lloró por la verdad velada que propuso, por la presión de los que acopian como un tesoro robado, el poder y la muerte. Y por la Inglaterra futura que sería siempre futura como el agua clara de la jarra clara que le daba la sierva, con la piel irremediable, con el labio ancho que le pesa, aturdida por el sueño de la salvación, sucumbiendo en su secreto de amor y de locura.
La fragata Fama pare un hijo que no concibió y la negra grita en el muelle desvestido. Grita y se revuelca de dolor sobre la madera blanda, y aúlla como una fiera herida, Mariano, doctor Mariano, no suba , no suba y llora y se retuerce por la pena, apretando la carta contra sus pechos abundantes y frescos, esos que una vez soñaron el sueño que nunca deberían haber soñado y lo soñaron igual.
Mariano agita su pecho insobornable, flamea una bandera que no llega y acuna las aguas expiatorias, gritando por unas puntadas que le venían quien sabe con el dolor de los músculos o por el desgarro de la traición, y el mar que avanza sobre su frente, como avanza la sal sobre su frente, como los pulmones avanzan sobre la asfixia y la asfixia avanza sobre la ingratitud.
La negra cae de bruces en la madera del muelle , la negra llora y lo amo, doctor, grita , maldita yo, maldita mi piel y mi labio ancho como el muelle ancho y maldita mi avidez de libertad que me enseñó a leer , porque lo amo, doctor y no, no suba porque Inglaterra será la tierra del nunca jamás, y llorará Manuel y la esposa buena y yo, por soñar el sueño que nunca debí haber soñado y soñé igual, resolviendo el aire , resolviendo el viento pero sin resolver el agua, el agua salada que ya acuna a mi Mariano , que ya arrastra a mi Mariano, y sufre y ahora llora, y sufre porque leyó la carta, la carta que no pudo entregar.
La fragata Fama parte el océano y delira la fiebre y la convulsión quizás por el veneno o por la ingratitud y por la intriga y recibe en la hondura de su vientre un hijo que no concibió, un hijo muerto, que amó una patria irremediable, y el labio ancho que le pesa, pobre negra que acarició las letras sólo para saber que compartía con su amo, su amor, la gracia del lenguaje. Y así, aturdida por el sueño de la salvación, temblando con la carta, como el viento que le mece la carta, casi apenas oliendo el olor del puerto y el pecho arrebolado de horror y calentura, rompe en esquirlas premonitorias el papel estrujado.
El océano parte la zanja de los cielos y traga la fragata como una garganta voraz, y la cierva morena grita, arrojando al viento los trozos de papel que le advertían al hombre secreto, al hombre amado que la falsa patria de los conspiradores, nunca, ni en sueños, y bajo el velado escenario de una enfermedad que le inventaron, lo dejarían llegar al suelo de los otros, a la tierra del nunca jamás, robando definitivamente el sueño que nunca debió haber soñado y que soñó igual, el sueño de la bandera innombrable que se despuntó en un futuro cíclico y borroso, tan borroso acaso como el nombre que inaugura el viento y que ella sabe leer porque le enseñó Guadalupe y también su Mariano, y
puede reconocer la M ...M de Mariano ...o quizás de Moreno, un Moreno borroso que se empapa de llanto y de barro en el pecho feroz de un océano cómplice y en los ojos lectores de la negra de amores, tirada a los gritos , sin la tregua del tiempo , sin llegar a destino, sin detener el velo de la muerte con la carta innombrable, en el muelle desierto.