Los seres y las cosas

Todo es una ceremonia ineludible y nosotros cumplimos inadvertidamente los ritos cotidianos sin sospecharlo siquiera. Recuerdo. Siempre vivo como en un recuerdo y cada vez que llueve sé que la vida no es más que una parodia cíclica, que nos apega a la transitoriedad de los días y nos prepara con lentitud para los cambios externos y con mansa aceptación quizás, para las concepciones pacíficas de la muerte.
Todo es una ceremonia ineludible mientras sigo salpicando el espacio de la espera. Por eso siempre recuerdo que llovía aquella tarde en una forma tenaz, casi diligente, lavando el suelo como se lavan los trapos viejos o la ropa recién comprada. Y llovía tanto que casi no podía abrir los ojos, no distinguía los contornos, y todo era atravesar un insomnio largo pero con los ojos cerrados. La lluvia y sus raros efectos.
El cielo se cernía en una sombra oscura y laminada. Tenía que encontrarme con mi hermano Julio, quien había llevado a mis hijos al cine y me esperaría en la esquina de siempre. El amor que me prodigaba parecía redimirme de un antiguo dolor, no sé, un dolor que tenía algo de pérdida y algo de no aceptación. O de la vulnerabilidad de los seres y las cosas.
Antes de atravesar la puerta, miré la foto de mi querido hermano, hombre de bondad sencilla, sin aspavientos, usando una sonrisa infinita, tan infinita como mi devoción por él. Nunca supe por qué pero su foto en la pared junto a la puerta me provocaba una sonrisa, un deseo caprichoso de retener el tiempo . Es verdad, seres como él no abundaban en mi entorno. Él era mi referente firme en tanta inestabilidad, entre el devaneo de las cosas que nos suceden y nos engañan con falsas explicaciones.
Mal día para salir, pensé abriendo el paraguas con un suspiro largo, mientras la siesta convergía sus aguas largas. Me dispuse a marchar hacia la parada del colectivo embutida en las botas amarillas de goma, sintiéndome ridícula, invadida de una idiosincrasia puerilmente femenina. Llevar los zapatos en una bolsa y cambiarme en el centro era tan absurdo como mi propio desprecio por el caprichoso enfrentamiento con el tiempo. Acomodé el piloto y reí con sarcasmo al repasar esas altas plataformas, inmensas, absurdas, tan absurda como el empecinamiento de retener la juventud, sus veleidades, los años setenta, y la miserable afirmación de la cursilería, calzando botas amarillas, repitiendo el hábito de transitar la calle cuesta abajo , salpicando el cemento con paso firme. Fui desde mi urgencia, mi más vulgar imitación.
Caminé calle abajo escuchando la monotonía pesada de la cadencia del agua. A menos de media cuadra, un viejo desprendido de un pobre bastón, estaba parado protegiéndose de la lluvia con un paraguas negro, uno de esos con el sistema inglés y la eternidad del mango de madera, una eternidad de decrepitud temblando bajo el agua.
- Viejos... viejos están por todas partes. Ni con la lluvia se quedan en casa, pensé.
Mientras más me aproximaba, el viejo se movió blandiendo un bastón interminable y comenzó a caminar dándose vuelta, diría que corroborando que yo lo seguía. Algo en él me resultaba familiar. Un escalofrío me partió el pecho.
Él era el gráfico o la secuencia del símbolo: un viejo, lo inevitable, el ciclo y el agua que me chorreaba por la piel antigua. Pero él siguió caminando, manipulando el bastón contra el concreto mojado y mirándome por el rabillo del ojo. Acaso el hombre premonitorio, anunciaba algo que aún no podía descifrar. Pero parecía estar esperándome, amparado en el círculo negro de su paraguas.
Pero no me inquieté. Supuse que todo era sólo una veleidad, un juego de mi imaginación para olvidar el agua que estaba fría, tan fría como ahora, como siempre.
La parada del colectivo quedaba a doce cuadras de mi casa. Comprobé con cierto inquietante estupor que el viejo quería que lo siguiese. Y me miraba. Me miraba con esa mirada de años, de reconocimiento, de vida amordazada. Su postura vencida dependía del pivot soberbio del bastón. La lluvia formaba una cortina alambrada y disimulaba los contornos de la calle.
El viejo se dio vuelta una vez más e inclinó repentinamente la cabeza hacia la avenida, indicándome con un gesto tácito que venía el colectivo. ¿Acaso me estaba haciendo señas? No podía creer que el viejo me estuviese dando explicaciones.
Pero confieso que acepté el gesto, lo entendí. Yo conocía aquel gesto. Y por esa razón, entendiendo y aceptando, apuré mi paso desafiando el cemento cubierto por la laguna, la vuelta del camino, el asco de la imagen que me devolvía lo que yo más odiaba. Lo que nunca quise odiar, lo que debí respetar siempre, por mi hermano, por mí, por el hombre y los hijos.
El viejo se trepó al colectivo con cierto esfuerzo, arrastrando en su envión la cantidad de sus años que lo hacían ver tan endeble. Representaba un espejismo de lo que alguna vez había sido una fortaleza humana, el contorno brioso de una enaltecida juventud que se le había escurrido por una alcantarilla desbordada por el agua.
Espantada tal vez por la idea de una futura vejez, mi pie resbaló por el escalón del colectivo, mi rodilla cayó contra el escalón resbaladizo. Creí haber golpeado la frente sobre un borde filoso. Veladamente pude ver la mano del colectivero extendida, la desesperación del viejo, oí como en un mal sueño, el grito histérico y ronco de una mujer parándose al borde del asiento. No recuerdo siquiera cuando pagué el boleto. O tal vez el chofer me dijo que alguien lo había pagado por mí. El pasaje hacia la nada, pensé.
Estaba aturdida. Atontada y no exactamente por el golpe, sentí vergüenza por el episodio, la asfixia, la anulación de los sentidos.
El viejo, sentado en el último asiento, parecía sonreírme con gesto amable, con un dejo de ternura, de complicidad.
Un manto de oscuridad parecía cubrir la ciudad marginal y el pasillo del colectivo pareció un trasunto de un túnel maldito. Un útero inmenso que me concebía y me arrojaba otra vez, pero desde el fondo.
No me atreví acercarme. Tal vez la imaginación me estaba jugando una mala pasada o simplemente el viejo estaba tratando de encontrar a alguien a quien contarle secuencias de su juventud, anécdotas de un pasado cuando las cosas, los seres y las cuitas parecían ser mejor. La juventud se embebía de poder y dominaba desde sus bríos intolerables todos los márgenes de la historia contemporánea y sucedánea de un tiempo profundo. Los viejos, las cuitas, los seres y las cosas.
Aún en la concepción, en el símbolo trágico que convocaba el término en mi mente, el término había sido” el viejo”, ni siquiera el hombre mayor, el señor, el anciano. Acaso yo también adolecía de falta de escrúpulos y en el vértigo de la luminosidad de estos tiempos urgentes, ni siquiera me demoraba en buscar una señal de respeto hacia los mayores, soberbia a la cual seguramente le rendiría tributo.
Cuando uno es joven, la distancia hasta la instancia de la longevidad es inconmensurable. La juventud es una trampa de felicidad, una vía eterna donde jamás se bifurcan los seres del futuro hilados en canas y la guerra ya no existe porque todas las batallas están ganadas y perdidas, todo puede ser un trofeo o una causa de deshonor. Da lo mismo, es cíclico y aceptable.
Uno dice o piensa de los viejos como viejos, pero supongo, sólo supongo que es una falta perdonable. Los tiempos nos acomodan el alma para concebir la idea de la juventud como una fuente alta y abismal, precipicio adulador y elástico infalible; evocamos a la vejez como un tiempo en el cual es mejor escapar hasta con el pensamiento; lo viejo no tiene futuro, los viejos no tienen futuro, la juventud es futura... no hay nada en común entre el joven y el viejo. Lo viejo es viejo. Lo joven, eterno. Lo presente fortuito, un engaño, una mísera dádiva.
Mis hijos junto con mi hermano mayor me estaban esperando en la parada del colectivo que coincidentemente tenía como escenario la salida del cine.
Él era cariñoso, protector con mis hijos; era el adulto cómplice, la baranda necesaria que el niño necesita entre tantos adultos dogmáticos. Mi hermano se prendía de mi corazón como un abrojo bello y por alguna razón, doloroso, una necesidad de retener el paso inconmovible; no quería verlo envejecer, no quería verlo víctima de un tiempo final.
El viejo me miró extrañado, alistándose para incorporarse, con la boca abierta, con la frente buena y un paraguas inmenso que le servía de palanca para mover sus huesos frágiles .
Llegando hacia el cruce de las avenidas del centro, comencé yo también a incorporarme. Como sentía la mirada del viejo clavada en el cuello, decidí moverme con lentitud, regodeando una curiosidad insólita, casi morbosa, porque la siesta se había puesto lacerante y ávida de respuestas.
Igual a una sombra difusa y lateral, el viejo parecía asentir con la cabeza. Su cabeza blanca era el referente ético y esencial de la decadencia.
Bueno, después de todo, pensé, esto es un juego. El viejo aparece en mi calle, yo imagino que me espera; el viejo sube al colectivo, yo lo tomo tras él, casi me caigo, creo que grito, creo que me paga el boleto, creo que me espera, yo atino a bajar esperando la reacción pero me muevo lentamente, por extraña curiosidad, el viejo asiente y lo aprueba, yo recorro el pasillo del colectivo, el viejo también. Me mira. Lo acepto. No lo enfrento. Me acepto. Me sumerjo en la atmósfera enrarecida de la siesta. Todo es casi negruzco, casi torrencial. El codo del camino. La sombra poderosa de lo incierto, de la lluvia.
Tengo una capacidad asombrosa de abstracción, el vuelo de los pensamientos acompasados por el cacofónico compás de la lluvia golpeando el grueso vidrio del colectivo, me devolvieron una secuencia oscura y encandilada de mis hijos con sus rostros rosados de piel nueva, sus dentaduras de leche, sus manos torpes, las horas y su infancia. Mi hermano querido, mi hermano, mi hermano...
Un pozo abismal que sacudió la carrocería del descascarado colectivo me aterrizó en la realidad inmediata. Giré mi cabeza temiendo no encontrar al viejo pero allí estaba, sonriendo, conteniendo, mirándome apaciblemente como un perro manso que se me acercaba moviéndome la cola. A mi encuentro, el ser de todo tiempo, las cosas que nos pasan, la vida y la muerte, la risa y la magia de la sangre.
Decidida a preguntarle si me conocía de alguna parte, si nos habían presentado en algunos de esos eventos a los cuales me veo a veces obligada a asistir, quise cambiar el ritmo de mis movimientos pero me lo impidió un dolor en la cintura. Un frío en los huesos, una palada de humedad interior detuvo mis movimientos. Una encorvada conmoción desde mi cuerpo blando.
La gente se había despertado de repente, unos se estaban parando, la parada del centro , los ojos acuosos , dilatados por la sorpresa, los asientos estaban ocupados por viejos y viejas que parecían charlar animadamente seguramente de secuencias juveniles, las anécdotas, los seres y las cuitas que parecían por ser anteriores, siempre mejores. Había unos jóvenes urgentes, arrasando el tiempo, la humedad, los mundos giratorios, empujando, arrasando.
Di una mirada escudriñadora a mi entorno. La lluvia que cumplía con la secuencia cíclica no había dejado de ser. Con asombro benigno , vi que el centro había adquirido una hermosura tolerante, una ambigüedad de matices y ruidos. No todo era como tenía que ser, no todo estaba como debía estar y además la humedad del ambiente me incrustaba en los huesos un dolor cansino, mordaz, molesto. Resbaló la bolsa con mis zapatos, los que hubiera debido cambiarme en algún café del centro. Llovía mucho para taco fino.
Los viejos y las viejas, ¡Que mal sonaba eso!, sonreían con esa sonrisa serena y sabia, mezcla rara de no futuro, convergencia de tiempos y calmas. Despiadada nostalgia, goce del remanso. Los jóvenes no daban tregua, pero yo si. Busqué una tregua, la pausa, la aceptación y advertí al viejo extendiéndome la mano, tocando el timbre ; bajé la mirada cuando vi que todo parecía diferente pero calmo, al fin en su sitio. A mi alrededor, al compás pegajoso de la lluvia, los seres, las cosas, mi ritmo, los carteles luminosos, el ruido ensordecedor de los autos, el cine sin cartel, el café con mesas nuevas y mi corazón sobre la franja luminosa de lo cierto.
Por el contorno de mi hombro pude ver que el viejo me nombraba, me nombraba bajo. Un hombre y una mujer con rasgos familiares se me acercaron. Sus ojos oscuros, sus dentaduras parejas, sus manos finas me devolvieron la imagen anticipada de los hijos. Bellos, adultos, protectores. El vientre prolífero y el ritual diseñado cuando cae la lluvia, el agua plural cuando es ahora, cuando cae la lluvia, cuando deja de caer.
Mi mano se aferraba al algo con ahínco desesperado, con una necesidad poderosa de seguridad. Apoyé mis caderas inseguras en un asiento y sonreí con dulzura. Mi hija al ver el esfuerzo que hacía para bajar, estaba tambaleándome, se acercó rápidamente, me tomó de la mano, luego del brazo y me ayudó amablemente mientras el hombre por detrás me tomaba del hombro protegiéndome, a la vez que intentaba obstruir el paso de un muchacho obsesivamente joven, descaradamente joven que quería bajar del colectivo con toda la prisa de su juventud. Me apenó escuchar su voz impetuosa, entre dientes....
-Esta vieja que no baja nunca...
Vieja, vieja...vieja.
¡Resumí en un segundo feroz la inmensidad de aquella palabra! ¡Que horrible traducción de la vida! Yo me había asomado allí, a mi propia sentencia, y no a la condena de mis años, sino a otra de la cual alguna vez había sido responsable y no tuve mas remedio que sonreír como siempre sonreímos cuando sospechamos la consabida confabulación , la conspiración del los tiempos, el tributo a la soberbia.
Mundo de extraños seres incapaces de adjudicarle el nombre justo a los seres y a las cosas.
Me dolía la espalda. El hombre y la mujer , el reflejo de mis misma , se acercaron gozosos. Los abracé con dulzura, susurrando ternuras, porque ya sabían lo que yo les iba a decir y no se asombraban ni se conmovían por mis excesos y mis euforias al ver a mis nietos. Sólo lo esperaban.
No sé en que urgencia descarada de una juventud apócrifa había sucumbido en mi calle, cuesta abajo. El viejo, el persistente viejo , el fiel de siempre, él de todos mis pasos en la esfera giratoria de las horas confusas, me tomó dulcemente por la cintura.
Pensé que ya no venían, dijo la hermosa mujer. Querida hija.
-Acá estamos, como siempre.
Todo a mi alrededor alcanzó su dimensión exacta. Mi marido empuñó su bello bastón e hizo un gesto como el que había hecho indicándome que venía el colectivo.
Tomé las manos pequeñas y rosadas de mis nietos. La lluvia no cedía y un reflejo oropel y anunciador iluminó sus cabezas.
Nos fuimos caminando hacia la Casa de té. Añorando la presencia ausente de mi querido hermano. Arañando el recuerdo dulce, porque la melancolía a veces, se vuelve generosa , casi vital . Y amé su memoria, una memoria que preferí adormecer porque me había dolido demasiado. Acaso cada tanto, prefería saborearla para tenerlo a mi lado. Él y sus cines felices. Pobre hermano mío, primero en cada estreno.
Los niños me miraban atentos, atónitos mientras yo con una cadencia sabia y calma, los tomaba de las manos y comenzaba a hablarles con ternura y jazmín sobre secuencias del pasado, de algún tiempo pasado que siempre parecía mejor por ser pasado, sí, sólo por ser pasado un poco mejor. Esa empecinada nostalgia.
Advirtiendo un gesto de mi esposo, me maravilló como la luz plateada de la tarde recalaba en su cabeza blanca. Nunca llamen viejos a los viejos, pensé. Pobre vieja renegada.
Apuré mi paso tambaleante porque la lluvia se volvía mas espesa. Más primitiva, más augural.
Nunca llamen viejos a los mayores, insistí con la voz quebrada. Jamás.
Ellos reían, tiraban de mi manga, chapoteaban y se volvían a mí, gritando, sosteniéndome, haciendo de bastones de mi cuerpo y de mi alma. Justamente, pidiendo que una vez más, como siempre y cada vez que nos veíamos, les refiriese secuencias de mi historia, anécdotas imposibles de las cuales ellos disfrutaban enormemente. Y feliz y amplia, una abuela llena de canas, huesos cansados y felicidad redentora, del brazo del hombre del paraguas inglés, comencé a referirles las historias, anécdotas, cuitas sobre los seres y las cosas de una juventud antigua y diluida, de un pasado volvedor y un tiempo lejos, como aquella calle en bajada cubierta por la lluvia.