Los premios a cuenta

Me despierto y no quiero. Me despierto con el alboroto de los pájaros y quiero seguir durmiendo. Huelo mal. Creo que todavía estoy en Santa Pola. Si, estoy en Santa Pola. La arena ya está caliente y hay gente que me mira. Y no veo a mi amigo.
No me quiero acordar pero me acuerdo. Pobre mi loca triste, que se dejó convencer de la nada, del fracaso pegajoso de todos y de alguno que ella misma se echó al hombro para sentir que tanto desastre tenía justificación. Negrita mía, te pensaste que no lo iba a logrr, que por primera vez en mi vida no iba a lograr lo que quería.
Tantos años juntos y no alcanzaste a conocerme. Siempre fuimos los otros, y ahora entiendo por fin, que siempre somos los otros, que no hay fusión ni transparencias.
Aquella noche caliente y sudorosa, Enero arrancó a Pedro de Buenos Aires en un avión hacia las Europas como decía Rita y ella se encerró en un baño del aeropuerto a llorar a los gritos, con la cara espesa de lágrimas y saliva, con el nombre incrédulo, Pedro, Pedro, y salió como drogada de Ezeiza, a los tumbos casi, con la mirada turbia de pena, fumando cigarrillos de adiós como si en cada pitada se le fuera la vida. Quiso tomar el colectivo y cuando intentó subir, alguien le dio un tirón a la cartera y salió corriendo y se perdió en las sombras. Pero Rita se quedó quieta, resignada, casi agradecida por sufrir más dolor, para que aquel dolor no se olvidara nunca, y la mantuviera viva.
¿Cómo podía seguir viviendo sin Pedro?...si habían estado juntos desde siempre, desde los primeros ensayos de amor, de calentura, recreando futuros en General Alvear, reflejando ideales heredados de la buena educación, en el río Atuel y sus aguas largas.
Rita tonta, caliente, mansa, loca de atar. Tal vez creímos que llevar en la sangre la fuerza del Atuel sería suficiente y nos arrojamos a Buenos Aires a regar la ciudad de agua pura. Y cuando no nos alcanzó Buenos Aires, pusimos los ojos negros en España porque sería la tierra que nos daría la compensación
a tanto esfuerzo.
Todo me da vueltas, todo a mi alrededor parece una macabra calesita. La gente me mira con máscaras repulsivas, me compadece, me desprecia y a mí todo esto me da asco, me debilita y me marea. Camino, doy vueltas sobre mí mismo, siento vértigo.
Buenos Aires se convirtió para la mujer triste, en un enorme útero invertido que la tragaría definitivamente y decidió volverse parte de ella, ajustarse a sus moldes.
Pobre Rita, se había colgado de Pedro por el amor rabioso que le tenía y hasta se regocijaba en una dependencia enfermiza, en ese trueque de protección, ya sea por su fragilidad o por su estupidez o porque para ella Pedro representaba lo que no era impredecible, lo que no era fugaz, lo que estaba a su alcance. Pedro podía con el azar y con su alma, con su cuerpo ávido y sus deseos de prosperar en Buenos Aires, con sus ganas de cambiar las aguas del Río de la Plata por las aguas largas del Atuel.
Porque para ella Pedro era su territorio, sobre quien podía andar descalza, con quien podía gritar de amor como una yegua libre sin que le diera pudor, sobre quien podía dormir sin miedo a los muertos de sus pesadillas y a los ataúdes llenos de calas.
Camino lo más erguido que puedo pero me voy hacia los costados, con esta ancha ferocidad de desencanto que me quiebra las rodillas, me asfixia. Pensar que yo era un optimista empedernido, que era ése que decía que algo siempre se podía hacer.
El bueno de Pedro, el amable de Pedro, el solidario de Pedro. Pedro siempre se ríe, con Pedro se puede contar. Si, Pedro, el tonto. El rey de los tontos.
Hoy, acá, con la boca y el estómago descompuesto por el alcohol, siento estar atado, colgando con la cabeza hacia abajo, esperando que alguna marea suba para ir sintiendo de a poco la muerte segura, la certidumbre de la muerte, o tal vez el placer del retorno a la tibieza de la nada, al comienzo inicial, al descanso, a una ruta irreversible o tal vez la liberación de esa increíble responsabilidad que era vivir mi vida y la tuya, Rita.
Mi viejo decía que era descendiente de los huarpes y que hubiera muerto por su tierra.
Muerto no hubieras servido para nada, viejo, le decía. ¡Pero él creía en tantas cosas!
¡Si me viera, si me viera! Pobre mi viejo que empezó siendo portero del Instituto San Antonio y terminó siendo celador del Instituto San Antonio. ¡Y con tanto orgullo, tan agradecido a la vida! Viejo, viejo querido, que lejos estoy de la tierra que te moldeó,
¡Que feo, que feo es esto de aterrizar de golpe, dando manotazos al aire, y darme cuenta de que el valor, la tierra, los honores son una verdad velada, que nosotros somos los héroes olvidados, los desconocidos de siempre. Y nadie nos nombra.
Rita trabajaba en un puesto de diarios. No era un trabajo pesado En invierno pasaba frío pero no le importaba. El problema más grande que tenía era el dueño del puesto, un hombre grueso, muy grande, muy rubio, muy rojo, con dientes oxidados.
Era un hombre prepotente, que olía raro, rancio, feo, raro, insistía Rita. Tenía la costumbre de tocarla cada vez que pasaba por detrás de ella, de hablarle muy de cerca o de rozarle la carne firme y fresca con la excusa de acomodar los diarios. Se llamaba Rodolfo y se decía que tenía mucha plata guardada en alguna parte de esa casa grande y abandonada, que tenía en Quilmes.
A Pedro no le caía bien pero lo trataba correctamente. Rita no podía perder el trabajo y además, ella nunca decía nada, nunca se quejaba, si hasta parecía que aceptaba con resignación aquellos desmanes, aquel atropello oloroso de Rodolfo. Tal vez creía que haciendo de cuenta que nada ocurría, nada ocurría en verdad. Después de todo, Rodolfo los estaba ayudando con los pasajes, primero el de Pedro, luego el pasaje de ella. Sin ayuda nunca lo habrían conseguido. Con el sueldo de Pedro, administrativo en una fábrica de neumáticos, nunca lo hubieran logrado. Rodolfo apoyaba su espalda en los firmes pechos de Rita y ella se volvía hacia él sumisa, distante, como ajena a las intenciones del hombre en celo y lo distraía preguntándole el precio de alguna revista. Total a la noche y ante cualquier atropello mayor, siempre estaba Pedro, al final del día siempre Pedro. Pedro para protegerla, Pedro para explicarle cosas, Pedro para hacerle el amor, Pedro para abrazarla cuando soñaba con muertos, Pedro para pedirle un hijo, por favor un hijo y ella negándoselo tal vez porque no quería compartir a Pedro con nadie, con nada.
Ezeiza le había parecido una ciudad, tan grande, tan urgente, un túnel brillante y devorador, que se había tragado al hombre que en busca de oportunidades mejores, se marchaba lejos con la promesa de reunirse con ella en la tierra prometida, pronto, muy pronto. Cuánto tiempo tendría que esperar, no lo sabía y a Rita le costaban mucho las incertidumbres. La incertidumbre era peor que una mala noticia, peor que el llanto, era la nada, la sensación del túnel infinito, las ganas de no amanecer, esa pesada plancha de cemento sobre el pecho inerme.
Volver a casa sin Pedro, había sido como llamar a los muertos de sus sueños, sentarse al lado de los ataúdes y triturar uno a uno los pétalos toscos de las calas. Había sido esperar la nada, el horror, la fría reconciliación con la carne helada, con el alma helada.
Corrió temblando por el terreno lleno de sapos hasta dejar atrás la casa grande y a duras penas pudo embocar la llave en la cerradura de esa suerte de garaje con baño que alquilaban, el departamento como lo llamaba la dueña, aun cuando las manchas de grasas que había en el piso eran el manifiesto mapa de un antiguo taller. Pero era cálido.
Pero a Rita y a Pedro les alcanzaba. Aquello era un refugio seguro en tanta voracidad de los suburbios, era el hogar. Sólo había faltado el hijo y su pan bajo el brazo.
Apenas había terminado de girar la llave cuando una sombra inmensa cubrió la luna de Enero. Rita gritó. El espanto, un hombre oscuro en la puerta, el cansancio, la tristeza por Pedro, la visión del avión, el tipo corriendo con su cartera. Todo se confabuló y gritó tan fuerte que se rompió la noche hasta que una mano áspera le tapó la boca con un resabio de suavidad sudorosa.
Rodolfo le rogó que se callara, por favor que se callara, la cargó
en sus brazos y la apretó tan fuerte que Rita tuvo tanto miedo que se quedó en silencio. Contenía en sus ojos la inmensidad de la lujuria, unas ganas irremediables y gemía, Rodolfo gemía; Rita comenzó a perder la noción de dónde estaba. Todo se desdibujó, todo menos la puerta cerrándose. Hasta la áspera sonoridad de los sapos fue transformándose en una vaguedad graciosa, perdonable. Sólo cuando volvió en sí, y se encontró con Rodolfo dándole palmaditas en la cara con un dejo de ternura, con cierta morbosa devoción, recordó lo que había sucedido. No vine a hacerte nada malo, le había dicho. Pensé que te sentirías sola. Rodolfo carraspeó con disimulo y le ofreció un vaso de agua.
Quiero dormir, repetía Rita en una plegaria. Sólo quiero dormir, decía la mujer triste. Ya era casi la mañana cuando volvió a despertar y Rita no había soñado ni con muertos ni con calas. Lo miró con los ojos grandes de cierva acorralada y le preguntó con la voz chiquita , casi pidiendo perdón por la pregunta, por qué todavía estaba ahí, con ella, sin tocarla casi, sin rozar sus pechos firmes, sus muslos dulces.
Él no contestó y cuando quiso besarla, ella tuvo ganas de vomitar .Salió corriendo al baño, con las manos abiertas y los pasos tambaleantes, llorando por Pedro, culpando a Pedro, llamándolo, nombrándolo con todos los nombres que lo nombraba cuando hacía el amor, pateando la apenas ausencia de una noche.
Hace ocho meses que estoy acá, nada más que ocho meses. Ocho meses pateando las calles, pidiendo, comiéndome viejos orgullos, pidiendo por puertas abiertas, luchando por conseguir unos papeles que me den el indulto de la legalidad .Porque para empeorar las cosas, soy un inútil incapaz de trabajar con mis manos y acá no necesitan administrativos. Pero lo conseguí. De lo que más me arrepiento es del tiempo que gasté leyendo libros, adelantando lecturas para mi posible carrera de Historia, comprando material a cuenta, cosas que hoy, en mi exilio voluntario, me resultan inútiles.
Me pregunto si merezco este desarraigo, si estoy purgando alguna culpa o si fue la ambición de tener un poco más lo que me empujó hasta acá. Uno cree que nace con derechos tácitos, que hay una ley de la recompensa, que si uno hace las cosas bien, el destino endereza su trazo y será más bueno o más condescendiente. No sé, como si haber sido un alumno aplicado tuviese implícito un premio a cuenta, como si el dolor de haber dejado nuestra provincia en pos de alguna mejoría tuviera una contracara de expiación, una medalla secreta que indicara que el dolor del desarraigo siempre termina acabándose y nunca más puede repetirse. Como si existiera en cada uno, un depósito de alegría y un depósito de pena. Uno cree que si la pena es mucha, se va gastando y llega un buen día que se acaba. Y la alegría siempre compensa la balanza.
Mi viejo amaba su biblioteca. Nunca, hasta hoy, me puse a pensar en lo orgulloso que estaba de todos los libros que tenía en casa y como se regocijaba hablando de ellos. Viejo querido.
Pienso en Rita, pienso cómo llegó a hacer lo que hizo, en todo el mal que tuve que haberle hecho para que tomara una decisión así, en sólo ocho meses de ausencia. Nos pasamos ahorrando para el maldito pasaje exactamente cuatro años, vendimos hasta lo que no teníamos y aunque me dé asco admitirlo, acepté el dinero de Rodolfo para poder venirme. Era como una obsesión, me dolía mi propia tierra, me fastidiaban las caras en la televisión, me asfixiaban los espectros que caminaban por las calles, yo entre ellos, pateando algún estúpido idealismo, barato, excesivo, tan innecesario como haberle vendido el alma a Rodolfo.
No sé si alcanzaste a saber que conseguí trabajo, y una habitación decente para dormir, compartida con cuatro que apenas conozco y se pelean por los platos sucios que dejan en la pileta. Pero no me importa. No sé si te llegaste a enterar que conseguí un contrato, por fin un contrato, por fin una puerta abierta. No te lo pude contar porque había una grabación en el teléfono al que yo te llamaba, diciéndome que estaba fuera de servicio. Quizá la mujer de la casa grande no lo había pagado, allá nunca nada se puede pagar a tiempo. Quizás ya ni lo tuvieras. Quizás no querías adelantar mi tristeza. Rita mía.
Cuando Rita se enteró que un amigo de Pedro viajaba a España se alegró. Tuvo un intento de felicidad, una fugacidad de bienaventuranza. Legui, como Pedro lo llamaba, ese loco valiente había vendido el terreno que le había dejado su madre y se decidió por la dulce España en busca de la tierra que le devolviera una parte del alma. Legui, Legui.
Cada vez que Pedro la llamaba, Rita había llorado. Después, el teléfono sin ruido, mudo. Y la grabación en la soledad española. La absurda multitud sin nombre en la soledad española. Y la noche con los párpados cosidos a la espera.
Pedro había recurrido a Legui para saber algo de Rita y así se había enterado que aquél había decidido su viaje. Pedro fue feliz y lloró de alegría, dando vueltas carnero en la arena suave y sanadora de la playa que alguna vez le había servido de cama, de mesa, un poco de hombro y un poco de amante. Ver a Legui sería un poco como volver.
Legui estaba demasiado ocupado para buscar a Rita. Así había dicho mientras ultimaban los detalles de aquel reencuentro que tanto había animado a Pedro. Todo había sido repentino, inesperado. La agitación de Legui le causaba una ansiedad desmedida. Los días se hicieron largos. La noches, ni hablar.
Y seguía sin saber de Rita. Y amó a Rita como nunca antes, porque la nostalgia es una dulce prostituta que se vende ante la primer lágrima de ausencia.
Pedro le pidió por favor que encontrara a Rita pero el garage estaba siempre cerrado.
No la encuentro, Pedro, y trabajando con Rodolfo no está. Rodolfo dice que no la vio…y ¿Qué puedo hacer, viejo?…no te pongas así…. La voz de Legui se quebró.
Así fue la incertidumbre. Rita decía que la incertidumbre era una garganta oscura, que lo traga a uno, lo traga hacia la nada, hacia la ansiedad de los condenados. Mi Rita siempre hablaba de condenados porque los condenados mueren. Ella siempre soñaba con muertos y no se acostumbraba, nadie, nadie se acostumbra a soñar con muertos.
Tengo que encontrar a Legui. ¿Dónde fue que lo vi por última vez? En el bar… pero si acá hay más bares que árboles.
Me pregunto entre nausea y nausea por qué, qué tanto mal pudiste estar para hacer semejante estupidez, Rita, una y otra vez me vuelve a la mente tu teoría instintiva de la imprevisibilidad, y tu jactancia cuando decías que yo podía contra el azar, con tu poca paciencia para esperar algo, algo que nunca llega, repetías. Porque le temías a la nada y a las tumbas y porque no podías estar sin hacer el amor, decías, no puedo estar sin hacer el amor, repetías hasta volverme un surtidor en tu vientre hermoso.
Una y otra vez pienso en que no querías tener hijos, hijos míos, hijos que según tu estúpido razonamiento, serían barreras entre nosotros, serían distracciones, tonterías que te inventaste para no esperar, tanto te costaba esperar.
La mañana de Santa Pola cruje de calor en el aire. Estoy empapado de sudor y de locura. La luz me lastima los ojos y me duele el estómago, me pesa el estómago.
Tengo que encontrar a Legui. Sé que lo lastimé. Sé que le pegué. Estaba borracho.
Legui había desembarcado en Barajas y hecho trasbordo. Faltaba poco y estaba emocionado. Esta era la aventura más osada que había llevado a cabo con Pedro, era como remontarse a la infancia, corriendo calle abajo después de tocarle timbre a la viuda rica de General Alvear .
Pero ¿Cómo decirle a Pedro? ¿Cómo decir lo que Pedro ni imaginaba? Legui tenía la garganta ardiente, la mirada entre alegre y desesperada, contagiado de funerales aún y a la vez con la clara luz de llegar a la tierra prometida bajo el peso de una verdad insoportable. Era todo tan reciente que apenas si podía creerlo, demasiado duro, raro. Nunca había sido muy elocuente, no tenía la habilidad de la palabra hablada.
El abrazo había sido largo y habían llorado como chicos, como viejos compañeros en la tierra de nadie. Luego se rieron, gritaron, y la emoción fue un vértigo entre tanta gente plural, indiferente. Se miraron largamente sabiendo en un acuerdo tácito que tendrían que hablar. Dejaron las valijas en la habitación de Pedro y la noche caliente de Santa Pola fue propicia. Hasta que Legui dejó de decirle a Pedro esa mentira; no era posible que no hubiera sabido nada de Rita.
Legui vio como Pedro tragaba saliva y un sudor de alcohol se sumaba al sudor del calor español y a la ginebra que bailoteaba en el vaso. Pedro rompió a llorar. Santa Pola se cubrió con el llanto de Pedro mientras Legui se defendía como podía, y le decía a Pedro que basta, que ya basta, que ya está.
Nunca sabremos que hay detrás de los velos de los otros. La otredad es traición, es neblina, es nunca llegar hasta el fondo del alma del otro. No existe el otro como uno lo imagina, lo crea, lo inventa, lo ve. El otro es el misterio, la farsa.
¿Dónde habrá quedado Legui? Dónde, dónde…. Ahora todo es como un mal sueño, una calesita de máscaras grotescas. La gente me mira, me compadece, a otros les doy asco, se apartan de mí. Yo sólo sé que tengo que encontrar a Legui porque lo golpeé, me parece que lo empujé, que gritó, que le dije que era un hijo de mil putas y que me había traicionado, que nunca tendría que haberme ocultado lo que había ocurrido, que todo era una maldita trampa y ahora yo nada podía hacer.
Tengo que encontrar a Legui y decirle que me perdone, pero que no debería haberme mostrado las fotos. Tengo que explicarle que eligió una manera morbosa de hacerme saber la verdad sobre Rita. Tengo que explicarle que nunca había imaginado tal desenlace y que si bien su silencio tuvo el propósito de impedir un regreso compulsivo, ahora es tanta la miseria expuesta que me hace saber que los fracasos nunca descansan, que después de un dolor grande no sobreviene un tiempo de bonanza, que no hay un mísero premio por las cosas bien hechas ni por los libros leídos ni por haber llevado la bandera hasta quinto año. Y si ahora lloro a los gritos, buscando a mi amigo, buscando un puente entre quien fui y quien soy o quienes son los demás, no es sólo por esta foto eternizando ese estúpido casamiento entre Rodolfo y Rita . Lloro porque cuando vi las burdas calas cayendo a modo de ramo nupcial por el vientre grande de mi Rita, con esa cara tan fácilmente reconocible de madre futura, porque su estúpida sonrisa parece una cuna gigante, esas calas me dieron la razón y la vergüenza de saber que la mayoría de las cosas que me enseñó mi viejo fueron una hermosa y macabra fantasía, que no hay premios a cuenta como me decía él, mi querido viejo. Y me cuesta, me quiebro, no entiendo, no entiendo que pasó, porque el bueno de Pedro siempre hacía lo que debía hacer.
Porque me veo acá, en una tierra extraña, tragando orgullos antiguos, pidiendo permiso para todo, buscando la amnistía de un papel , me pregunto las razones, y me pregunto qué estoy haciendo tan lejos, y me pregunto donde está mi sortija, dónde está el depósito de mi alegría o es que acaso también se la robaron. No sé a quien hacer mi reclamo, a quién le pido explicaciones, con quien debería enojarme…
Me siento sin historia y sigo gritando, ya no tanto por las traiciones, sino que abro los ojos a algo que no entiendo o que mi viejo no entendió y que no fueron más que ideales casi infantiles de alguien que se jubiló y se murió agradecido a la vida, por haber sido un honesto, respetado y honorable celador en un colegio de monjas.