Los Molares

La reunión despuntó la posibilidad del diálogo y hubo, al menos en mi percepción literaria y dada al pragmatismo, (aunque muchos crean que esta dualidad es imposible) un instante en el cual se me mostró este arquetipo, esencialmente antes y casi inmediatamente después de conocer al resto, a los ellos que no economizaron en absoluto en la “desdoblación”.
Poner en juego la sustantividad, remover la antropología filosófica o recurrir a Aristóteles para una ampliación didáctica, no tendría sentido ya que mejor es recurrir a las fuentes.
Fue como si toda la multiplicidad universal confluyera en la figura de un tal Molares. Molares es un apellido patronímico de arbitrario origen, nada tiene que ver con la estructura dental. Resumo en esta última aclaración la tentación inherente que tenemos de subestimar al otro de la cual yo tampoco escapaba.
Me quedé mirándolo mientras tomaba un último café y pensando que después de aquel almuerzo debía volver a mis clases ya que mis alumnos llegarían infaliblemente antes de lo previsto. Me acaricié la barbilla y así fue que un entendimiento iluminador asistió a mi cerebro.
Apoyé mi cara en la mano derecha mostrando sin querer un interés creciente. Molares era un personaje con palabras medidas y repensadas .Me pareció en primera instancia que sólo era un producto de mi curiosidad, una necesidad de entender como funcionaba su cerebro preclaro, un cerebro que dejaba al mío en el triste papel de un pequeño archivo a modo de enciclopedia de bolsillo.
Traté como una observadora metódica de ubicar imaginariamente los lóbulos de su cerebro y hasta imaginé ver la cisura de Silvio a través de su cráneo .Hasta sospeché la frontera de sus hemisferios. Cerebro emocional versus cerebro cognitivo.
El enigma se tradujo y se expandió cuando conocí a sus hermanos, a sus descendientes y los descendientes de sus descendientes. Allí comenzó una esperada sucesión.
Los Molares parecían reproducirse en forma idéntica, con la mismas pausas eternas al hablar, con la misma postura en la reflexión, con la misma mirada horizontal actuando a modo de imparable engranaje de neuronas, comprobando la nueva teoría de la renovación de estas, con la misma forma de no escuchar hasta que se proponían escuchar, siempre y cuando quien hablase les concediera un mínimo beneficio de duda o un dato sin precedentes.
-Los Molares se desprenden de sí mismos, susurré.
Advertí que era precario mi poder de convocatoria.
Los Molares se repiten, dije tratando de acotar algo, pero nadie me escuchaba porque uno de los ellos hacía comentarios que por alguna inherente habilidad, los convierte siempre en el centro de atracción. Miré la hora queriendo detenerla porque no quería irme todavía sin completar el gráfico que me ayudara a entender.
Cuando golpearon la puerta, la anfitriona abrió sonriente y sin sorpresa. Advertí que quien golpeaba la puerta era uno más de los ellos, otro Molares más.
-Los Molares están por todas partes, advertí a mi entorno pero todos seguían muy atentos escuchando la oratoria ecléctica e ininterrumpida que sólo uno de ellos ostentaba, con una mezcla de erudición y cabal conciencia de que el resto no entendíamos absolutamente nada de lo que estaba diciendo pero aún así resultaba interesante.
-Se están multiplicando, dije tratando de evitar los espejos para que la sucesión no se me hiciera una congestión desencadenada de caracteres similares. ¿Sería un juego de espejos?
Los ellos se iban desprendiendo de sí mismos como una raza infinita donde todos reían igual, hablaban igual, usaban la misma estrategia o la misma suficiencia moderada, la misma manera de no aceptar una enunciación hasta no corroborar que podría haber una mínima sospecha de posibilidad de error.
Bajé la cabeza para considerar con desconsuelo, la fragilidad de mi propia sapiencia, graficando inevitablemente mi cerebro tan sólo como una esfera redonda y pesada, gelatinosa y resbalosa, habiendo acumulando pensé, conocimientos indisciplinados, mitología desbandada, literatura fugaz y engañosa. También traté con desesperación, mientras me rascaba la cabeza con fruición, de recordar los movimientos artísticos. Quería probarme, quería saber qué sabía.
Después del Renacimiento, el Barroco, Neoclasicismo…¿Dónde encaja el Manierismo? Los pozos en mi cerebro me indicaron que me estaba bajando la autoestima pero a la vez surgía un incontrolable deseo de superación. ¿Dónde iba el Manierismo? ¿Qué iba después del Renacimiento?
-No debo permitirlo, dije en un murmullo. Debo proteger mi autoestima, agregué. Uno de los ellos se dio vuelta y yo quise tener un segundo de gloria.
¡Realismo! ¡Realismo!, grité. Y la cucharita cayó de la taza con el brusco movimiento de mi mano. El tal Molares no tardó en acotar que después del Realismo, se sucedía el Naturalismo. No me animé a preguntar por el Manierismo. Puse cara de saber.
-Pampa fue la primer vaca clonada, dije .Mi comentario no era pertinente. Pero nadie me escuchó, creo que porque mi carisma intelectual era escaso.
Me retiré con la leve sospecha de haber descubierto una infinitud inédita en un espacio al que nadie concebía con mi misma cosmovisión, y recordé las casi últimas palabras de Marco Polo diciendo "Y eso que no he contado ni la mitad de lo que he visto".
Doblé la esquina y vi con inquietud pero sin asombro que había una fila recta y prolija de Molares desfilando con garbo tranquilo por mi calle. Miré a mi alrededor para ver si alguien los veía pero todos seguían absortos, escuchando la exposición minuciosa de alguna teoría posible del Molares que había permanecido en la reunión. Recordé que no trataba de impresionar pero su elocuencia lenta, monótona y sólida impactaba en algunos, en muchos, en muchos.
La visión de la extensa y espejada fila de Molares que venían desde la avenida desató la confirmación de mi hallazgo. Los Molares están por todas partes, balbuceé pero no me asombré . Estaban abocados en este primer y tácito descubrimiento a la filosofía.
-Y bueno, dije, en definitiva la filosofía es abarcativa y ofrece un saber desinteresado y asistemático. Obviamente no eran disertadores socráticos, eso de que el otro diera a luz sus consideraciones con procedimiento dialogístico no formaba parte de la exposición. No niego que de vez en cuando concedían una tregua respetuosa y hasta uno podía sentirse como agradecido, casi contento, casi sintiendo una exultación narcisista, de aportar un dato, una pincelada del Renacimiento, y entonces el proceso volvía a repetirse.
No escondí mi asombro cuando cruzando la calle escuché a otro Molares, exponiendo una teoría científica, determinando un objeto de estudio y recurriendo al método científico.
Ah, Galileo, Galileo, dije y pateé unas piedras que rodaron y rodaron haciéndome pensar obsesiva a qué ley se atenían pero no lo sabía. Sólo recordé la absurdidad de Sísifo condenado a rodar hacia arriba la inmensa roca para luego dejarla caer y volver a empezar. Como yo .Así estaba mi cerebro.
Son múltiples, pensé, y pretenden saberlo todo.
Los dejé pasar a mi lado porque aunque no eran una clonación explícita, el gajo esotérico de la pausa universal donde el hombre se rastrea solitario, había provocado la invasión y ya era un hecho consumado.
Cuando llegué a mi casa, mi vecino, propietario de un desvencijado camión estaba más borracho que nunca, tirado en su jardín, pensando en la mujer que lo había dejado solo una terrible noche de verano. Quiso decirme algo pero yo me apresuré a levantarlo y lo empujé hacia adentro de su casa.
Cuando entré en mi casa y los encontré sentados a mi mesa, sólo atiné a servirles algo para beber, con la templanza de alguien que había logrado entender.
Casi esperándolo sentí un rumor por el jardín y no fue difícil adivinar que quienes estaban golpeando todas las ventanas con respeto y discreción eran también los ellos, los Molares que se desdoblaban incesantemente y se paseaban desde la ética de Aristóteles hasta por las cepas mejores e infaltables en las principales bodegas mundiales y para quienes tuviesen un
entrenado paladar, no dejaban de resaltar el surgimiento de los
vinos australianos.
Ni la teoría de Darwin ni la del Popol Vuh podía detener lo indetenible. Estaban por todas partes, hablando despacio, ilustrados y a media sonrisa, por momentos sordos a cualquier acotación, por momentos calmando el protagonismo, con la regla básica de la etiqueta social. Completamente inocuos en todo sentido, a excepción de las autoestimas. Tal vez arrojando ciertos vestigios del idealismo kantiano y de la autonomía del intelecto como medio único de la realización del ser.
Me retiré a mi estudio tratando de calmar mi ansiedad y ese extraño deseo de saber más. Ya pronto empezaría con mis clases y mis alumnos no tardarían en llegar. Estaban extrañamente demorados.
Cerré los libros cuando mis alumnos llegaron a clase a regodear la voz pasiva, la voz activa y los condicionales. Y entre ellos también llegó mi alumno, el estanciero que quería saber Inglés para no dejarse engañar por los americanos cuando cerraban los tratos.
Se alarmaron un poco cuando vieron mi casa llena de los ellos, pero con mi mejor empatía y rasgo protocolar los invité a mi estudio donde disponía de un lugar adecuado y amplio para desplazar el pizarrón.
Cuando alguien golpeó la ventana con ritmo lineal, con un ruido medido, exacto, matemático, me quedé en silencio por un rato. Los alumnos se quedaron mirándome.
-Son los Molares, están por todas partes, pero no se alarmen, cuiden la autoestima solamente.
-¿Y que debemos hacer? No dudé en responderle.
- Debemos desarrollar una tesis suficientemente inteligente para poder refutar sus conjeturas y sus argumentos si fuese necesario, debemos seguir los pasos: una exposición, una concesión, una refutación, una cita de autoridad y una conclusión que sustente el argumento, sino se seguirán reproduciendo. Debemos superarnos. Ese es el subliminal mensaje de los Molares .Me reí complacida de mi descubrimiento.
Nos quedamos en silencio cuando el ruido en la ventana cesó y sentimos pasos por los techos con una secuencia exacta de dos
segundos por cada paso. Como supimos que eran los ellos no nos asustamos porque advertimos que bajarían por la improvisada chimenea del comedor implementando alguna polea o engranaje que sustentase la verdadera función de la misma, teniendo en cuenta la dirección y el sentido de la fuerza aplicada a la cuerda y porque se las arreglarían para aplicar un sistema de polea móviles para obtener una ganancia mecánica y menos riesgo en el descenso. Por supuesto que al bajar no dejarían de mencionar a Arquímedes, hombre que vislumbró los avances modernos cuando aún eran inimaginables. Y todos diríamos Eureka, Eureka, halle, hallé.
-No importa les dije, son inofensivos, lo único que no admiten es una refutación no consolidada. Si así fuese, seguirán hablando indefinidamente. Si quieren participar activamente de la conversación usen el exordio, la proposición, la confirmación y el epílogo porque ellos han adquirido ya por costumbre y por dedicación, el razonamiento metódico y la elocuencia expresiva.
-Eureka, repitieron mis alumnos. Eureka, les contesté yo.
- Yo los vi por la tarde caminando a lo largo de la costa, dijo uno de mis alumnos.
- Yo los vi en las plazas, agregó uno que se enorgullecía ahora extrañamente de sus lentes con aumento.
-Y yo los escuché enseñando sobre las partes de la bandera.
Yo todavía estaba tratando de recordar los pasos arriba mencionados, y en dónde encajaba la peroración en mi oratoria cuando tracé en mi mente el itinerario molariano que mis alumnos me estaban describiendo.
Tenía que pensar para poder, a través de la inducción y un acertado silogismo, convencerlos de algo, y que en algún tópico pudiese haber en mínima proporción, un dejo de imperfección de parte de sus argumentos para respaldar los míos. Tal vez debiera haberme rasurado la mitad de mi cabeza como Demóstenes para obligarme a quedarme en casa, adquirir destreza en la oratoria, y hallar el equilibrio entre la lógica y la estética.
Entonces advertí que no debía buscar un error en sus exposiciones sino sumarme con cordura a la maratón cultural. La soberbia o la competencia exacerbada causarían desunión. No era el momento propicio para la desunión.
Está lloviendo, alguien dijo como al descuido.
-No importa, dije sacándome los lentes, no los detiene el agua, solamente la frase exacta de la única biblioteca que Borges una vez soñó.
Por eso nadie se asombró cuando comenzaron a caer por la chimenea, pausados, telegráficos, eruditos y tolerantes.
Eran los ellos, los Molares, los mismos que estaban también cercando las plazas y las escuelas para exponer los detalles de la biografía de Mariano Moreno y las causas de su muerte disfrazaba, aunque sin olvidar que se graduó con una tesis rememorativa de la sublevación de Tupac Amaru.
Pasado el momento de intimidación los Molares expusieron sobre la clonación sin dejar de mencionar a lan Wilmut, Keith Campbell y sus colegas del Roslin Institute. Nosotros nos quedamos en silencio con cara de oveja Dolly hasta que confluyeron en una síntesis. Y comenzaron la retirada.
Eureka, dijo un alumno y lo codeé diciendo que no, que eso era por Arquímedes y estábamos con el tema de la oveja.
-Y no digas Meee...porque te vas de mi clase.
-Perdóneme, dijo y se rectificó al instante.
-¿Perdóneme?, repetí.
- Perdone, el “Me” está demás. ¡Viva la oveja!, agregó y lo eché de la clase.
Mi alumno, el estanciero, tan dado siempre al altruismo, fue por él y lo trajo de regreso a mi clase que en abierto debate, tratábamos el tema de la superación y el uso del cerebro con su variedad tan divergente en cuanto al nivel proporcional de su desarrollo. De más está decir que fue inevitable hablar de la neurolinguística y sus beneficios.
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Hay un círculo inquebrantable donde la perfección del universo no permite resquicios. Lo que es, ya es y no se puede negar lo innegable. No se puede revertir la ley de gravedad ni la magia
de los ciclos de las estaciones. ¿Por qué entonces negar lo evidente?
Nadie dijo ni comentó demasiado. Pero ya no lo veían como un espejismo o una ficción, o una estrategia de algún cuento de Poe o de Wells. Quizás todos ya sabían que no era una misma persona que se trasladaba a gran velocidad, y supieron, sin adherirse al Empirismo de Hume, por un conocimiento a priori, que eran un linaje de idéntica genética y estaban abocados a saber más. Siempre más.
Nunca supe si no se atrevían a verlo o la negación de la obviedad de las circunstancias hacía que la gente no tuviera conmociones o desconciertos
Yo me adherí a las palabras de Terencio: Soy hombre y nada humano me es ajeno.
Lo único que a veces, sólo a veces me preocupaba era que los silencios que insertaban entre cada palabra se volviesen una regla general o que la poca erudición, mínima diría de algunos de nosotros fuese desbordada por la baja autoestima. Pero sucedió al revés.
Los días se sucedieron intensos y hubo un brote de optimismo en mi mundo circunstante.
Mis alumnos rayaban ya en la euforia intelectual y una emergente y esperanzadora dignidad parecía apropiarse de mis conciudadanos.
Tamborileé los dedos en mi escritorio y miré a través de la ventana.
-Son como un regimiento. Me alivia saber que sus respectivas familias nos los confunden y además los comprenden, dije.
Pero todos estaban yéndose a la biblioteca mas cercana para saber sobre el crecimiento demográfico constante, el Tratado de Versalles o el mito del héroe que siempre retorna y que tal vez uno no se cansaba de esperar.
Un hombre con anteojos golpeó a mi puerta y con una cadencia pausada al hablar, me preguntó,-¿No ha visto a Molares?
Yo lo miré atónita, y no pude, juro que no pude contener la risa.
El hombre frunció el ceño y balbuceó unas palabras aduciendo a mi falta de respeto.
-¿A Molares?, repetí. No tiene más que mirar a su alrededor,
señor, están por todas partes.
El hombre giró la cabeza con una parsimonia estudiada y con la mirada perfectamente horizontal.
-Mire detrás y verá que hay uno de los ellos que le viene a refutar lo retórico de su pregunta...Y lo dejo porque tengo que estudiar, estudiar, estudiar..., dije casi retractándome.
Sentí ser la metáfora de alguna futura sapiencia y me fui repitiendo una fórmula de memoria, insertando pausas entre mis palabras, dando pasos con una frecuencia de dos segundos , disimulando un protagonismo que responde a una primaria regla protocolar y preguntándome, por no preguntárselo a los ellos, por qué a la oveja la habían llamado tristemente Dolly.
Me restregué los ojos como producto de la incredulidad al ver a mi vecino subiéndose al camión para mostrarle a un Molares el mapa de la provincia mientras le comunicaba que después de estudiar sobrio a Enrique Fayol conjuntamente con el estanciero, había incrementado su capital y ahora ya poseía dos camiones más.
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La invasión de los Molares había dado vuelta las bibliotecas y las escuelas. Había comenzado la Molarización
Y había estallado como un explosivo vital en la ciudad dormida.
Así como el Humanismo florentino se propagó de la mano de Dante, en aquellos momentos había comenzado a propagarse los primeros indicios de un Molarismo que revertía la postura facilista y la ausencia de compromiso del post modernismo.
Quizás digan en próximas décadas que un movimiento ético y cultural rescató al hombre de la ley del menor esfuerzo y de la liviandad insoportable con que recreaba los días y habrá pre- moláricos, moláricos y post-moláricos.
Pero también hubo anti moláricos.
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Porque entonces comenzó una pacífica revolución cultural. Pero el contenido de esta revolución y las consecuencias en la idiosincrasia de la sociedad comenzó a alarmar a las fuerzas y a
las jerarquías .Los estratos del poder.
La gente comenzó a comprar libros, a preguntarse razones, por qué, cuándo, cómo. Todos querían saber más. Muchos decidieron leer a Platón y a comentar La República, otros leían a Tomás Moro y se cuestionaban por qué el suelo que pisaban tenía que ser definitivamente un “no lugar”.Los Molares estaban implantando un regreso épico a la cultura, al cultivarse y encima eso les daba alegría. La gente comenzó a recuperar la risa y el deseo de saber, y a mirarse al espejo con los ojos abiertos.
Esta revolución cultural era la opuesta a la de Mao.
Las editoriales no daban a basto para publicar nuevos libros que, ante la desmedida demanda tuvieron que imprimir, editar y presentar. Pero por el temor de quedarse con muchos libros invendidos, bajaron los precios de manera inusitada y eso hizo que se agotaran más rápido aún.
Cierta adrenalina comenzó a estremecer los cuerpos de los conciudadanos ya que los logros que obtenían los hacía concientes de tanto potencial adormecido. Entonces empezaron a secretar cantidades industriales de endorfina y para que no se saturaran los sistemas límbicos y arrojaran consecuencias, bajo la instrucción del trigésimo quinto Molares especializado en las actividades y reacciones psíquicas, se decidió fundar un depósito de endorfina para poder emplearla con fines éticamente correctos para que tanto regocijo no se acabara rápidamente.
Me senté al borde de mi vereda y comencé a pensar en el futuro. Me alegró grandemente cuando vi a mi vecino comentar el mito de Andrógino, y como añadidura, haciendo una apología del matrimonio. Lo vi sonreír con pacífica lucidez.
Mi vecino ya imaginaba una familia, ya proyectaba un hogar y eso me hizo bien.
Dejé entonces el cordón de la vereda porque vi que una gran cantidad de gente formaba fila en la puerta de mi casa. Todos querían aprender inglés y alguna noción de Protocolo.
Me alegré al advertir que aquello repercutiría en el bienestar cultural de ellos y en el bienestar económico para mí, mas allá de que las clases eran uno de mis grandes amores y me daban una felicidad tranquila y vigorosa. Mis alumnos eran, habían sido siempre incondicionales.
Necesité los servicios de una secretaria para llevar a cabo las inscripciones y otra para organizar los horarios ya que yo siempre estaba ocupada escuchando las nuevas adquisiciones intelectuales y patrimoniales de mis alumnos cuyas edades variaban desde los cinco años hasta los noventa y tres y medio. Mi alumno estanciero con su urgente deseo de hacer el bien, me buscaba nuevo material para que los otros alumnos, conjuntamente con él, se actualizaran de acuerdo con las necesidades del momento bendito que estábamos viviendo.
Los medios de transporte agregaron nuevos recorridos y los chóferes nuevos así como los más antiguos debían indicar a los pasajeros la proximidad de una biblioteca, centro cultural, foro o auditórium y entregar con los boletos, una guía actualizada de los lugares que eran patrimonio cultural de la ciudad así como los nuevos cursos especializados que se dieran en los próximos quince días.
Los Molares seguían multiplicándose. Pero como no todos podíamos caminar con la misma metódica lentitud o exponer o debatir con persuasión ciceroniana, creo que en un desarrollo progresivo de nuestras cadenas de neuronas, decidimos actuar con nuestros propios ritmos y nuestras convicciones. Por ende seguí hablando rapidísimo, moviéndome como una ardilla , mi vecino siguió hablando con el codo empinado aunque sin la botella y toda la ciudad se regocijó en una unicidad como individuo pero con una conciencia colectiva y una memoria casi universal.
Los Molares parecían reproducirse en forma idéntica, con las mismas pausas eternas al hablar, con la misma postura en la reflexión, con la misma mirada horizontal.
En las cinco horas que me quedaban libres a la semana aparte del domingo y el sábado por la tarde, me puse a repasar mentalmente las últimas informaciones que nos llegaban de los
medios un tanto disfrazadas y fue así como me enteré de un “alguien” que desde las alturas profanas estaba estudiando la clonación de las gallinas. Grande fue mi sorpresa cuando supe que tienen un cerebro increíblemente pequeño y la misma capacidad de olfato que nosotros aunque el gusto totalmente diferente. Pero esto se había vuelto importante para los esos, los de los palcos y estaban abocados al estudio del ADN del “Gallus Gallus”. Entonces me di cuenta.
Si un águila se cría con gallinas, se cree gallina y actúa como gallina. ¡Gallus!
Así comenzaría el sofocamiento de la pacífica revolución cultural que habían desatado Los Molares. Me balanceé en la silla pausadamente y me toqué la barbilla. Era claro. Querían multiplicar las gallinas para que anduviesen por todas partes con metódica torpeza, con un gusto atrofiado, volando a sólo un metro y sin capacidad de reflexión.
Alguien dijo que la memoria es el talento de los tontos y dicen que la gallina tiene dos horas de memoria. Ergo: las gallinas no son tontas. Falacia. Pero de tanto leer, muchos ya habían aprendido el concepto de falacia. Y comenzamos a desmenuzar cada falacia.
En la quinta hora de práctica de pensamiento, llegué a la conclusión de que las gallinas iban a invadir el territorio por decreto.
El genoma de la gallina había sido el primer decodificado de las aves y esto les daba ventajas entre las posibilidades de clonación. Además eran de fácil reproducción, se las podían encerrar en gallineros o galpones con facilidad y dominar con soltura , sin mayor esfuerzo. Sabían que cuando las gallinas entraban en estado de stress, presentaban indicios de canibalismo. Te devoro, me devoras, nos devoran, fui devorado, si me devorasen…
Voz activa, voz pasiva y condicional.
Me quedaban quince minutos de activa meditación cuando me di cuenta que se estaba librando la tácita batalla entre “ la ley
del mayor esfuerzo” de los ellos contra “ley del menor esfuerzo” promovida por los esos que querían sofocar la pacífica revolución cultural.
Si mirábamos atentamente a las gallinas, llegaríamos a imitar a las gallinas. Y dejaríamos de mirar a los Molares que iban y venían por todas partes.
Debía cambiar el curso de este contraataque de los esos y así como Mao dijo que los “sólo los fusiles permitirían reformar el mundo”, el lema de los esos era que “sólo las gallinas permitirían reformar la identidad de este territorio que se estaba volviendo ligeramente difícil de manejar”. Todos estábamos extrañamente despertando hacia un uso intensivo del cerebro y eso provocaba un desencadenamiento económico a la vieja usanza: esfuerzo, preparación, trabajo, remuneración, todo acorde. Tan simple y tan complejo para otros.
Pero yo no podía permitir este atropello, tal vez por una cuestión de lealtad a mis convicciones pero no niego que tampoco quería perderme la posibilidad de mi trascendencia. Siempre guardamos en el corazón emocional el deseo de destacarnos, aunque más no sea, en algún área de la mini enciclopedia que cargamos a modo de supervivencia.
A mí me bastaba con desarrollar la ideología molariana y los esos estaban planeando la mimetización. Si mirábamos gallinas y a una numerosa población de gallinas, llegaríamos a actuar como gallinas. Y por ende tendríamos dos horas de memoria, y eliminarían así la memoria colectiva y por ende la identidad.
Había que detener la amnesia subliminal que nos querían imponer. Había que resistir.
Con la abnegada ayuda de mis mil doscientos alumnos organicé la Resistencia. No podía soportar ver como el espejo repetido e infinito de imágenes de gallina volvería gallináceos a mis coterráneos. Decidimos consultar al Concejo de los ellos.
Y entonces comenzaron los secuestros. Los galpones, las linternas, las incursiones repentinas, pero eso sí, nunca las lastimamos. Ni siquiera las encerramos con luz artificial para que no se estresaran y les respetamos sus ocho horas de oscuridad.
Ya que se habían despuntado otras industrias como impacto de la molarización, la pérdida en la actividad avícola no fue notoria.
Fue un trabajo minucioso, con un perfecto control de los tiempos y los movimientos y con una organización casi científica.
Me miré al espejo una mañana antes de enfrentarme a las tres mil gallinas que se paseaban al sol en el viejo corral de mi alumno estanciero para ver si mis ojos no miraban igual de fijo que ellas y traté de ejercitar mi memoria, desplazándome no sólo a dos horas atrás sino a mucho más.
Los Molares actuaban con una parsimonia despiadada pero eficiente mientras que el resto de la resistencia actuábamos con nuestro propio ritmo biológico pero tratando de balancear el corazón emocional con el corazón cognitivo. Y ellos, inteligentemente, fueron aprendiendo el proceso inverso.
Y así se produjo una reciprocidad.
Organizados de a setenta y uno y las únicas herramientas de las linternas y las redes, llegamos a nuestro objetivo. Cabe aclarar que el estanciero guardó doscientas parejas en un apartado lugar. Con galpón y comida orgánica, él agregaba quincenalmente una mínima dosis de la endorfina depositada en los bancos por quienes con tanta alegría por la superación lograda, habían gentilmente donado. Sólo una vez supimos que una gallina había reído como un humano y tuvieron que ponerla en cuarentena, período que no llegó a cumplir porque lamentablemente se murió de risa a los pocos días.
La desaparición fue gradual, sincronizada e invisible. Mi vecino conjuntamente con trescientos tres Molares y setenta de mis alumnos las fueron cargando en los camiones de su propiedad para trasladarlas al puerto no sin antes cortarles cuidadosamente la punta de los picos para que no se lastimaran.
La red solidaria se extendió hacia los hangares de la gran ciudad y de allí zarparon hacia el continente africano, pero ellas ya se habían olvidado de sus antiguas vidas a las dos horas y dos minutos. Aliviadas y gorditas llegaron para calmar las ansias de los muchos olvidados del continente aquel.
Cuando acabó la labor de la Resistencia, y a África en verdad
llegó la ayuda prometida, los esos guardaron silencio. Alguien dijo que de tanto estudiar a las gallinas para arremeter con la mimetización, se habían vuelto cortos de mente y retirado a jaulas con luz natural para evitar el stress y por ende, el canibalismo. Tal vez por un tiempo, nos dejaran descansar. Otros que habían gastado todos los fondos en sobornar a las editoriales pero sólo habían conseguido el surgimiento de otras o de las mismas con diferente nombre, se estaban dedicando a la comercialización del muñeco Mollie, de treinta centímetros, con lentes y un bigote parejo con la especuladora esperanza de que reemplace al novio de Barbie. No lo sé.
Y esto es así, porque la erradicación del efecto gallina había dado que hablar.¡Gallus!¡Gallus!
Y hubo un renuevo y otra vez, otra vez Los Molares.
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Y esto continúa. Hay una multiplicidad insoslayable. Los Molares parecen reproducirse en forma idéntica, con las mismas pausas eternas al hablar, con la misma postura en la reflexión, con la misma mirada horizontal.
Mis coterráneos han multiplicado la risa y el índice de analfabetos es, en la ciudad, cero al cuadrado. Lamento ligeramente que los Bancos extranjeros no se beneficien tanto de los créditos por cuyos intereses podríamos habernos suicidado o sin hacer apología de la tragedia, podríamos haber sido afectados por el vértigo o la sensación de asfixia de los ataques de pánico. Tampoco es que la situación de los bancos me quite el sueño.
Pero así como el índice de suicidios muestra también un cero al cuadrado, los ataques de pánico han mermado considerablemente y los sicólogos, al disponer ya de un mínimo tiempo libre, se han asociado para enseñar en diferentes medios, como contrarrestar los efectos de la ansiedad superatoria.
Y me remito a las palabras de Sócrates, según los diálogos de Platón: “La ciudad que hemos descrito me parece en verdad prudente”.
Y ahora ya los veo otra vez desfilando por mi calle, tratando de
convencer a mi vecino, mientras le bajan el brazo acostumbrado al antiguo sostén de la botella, de las artes de Petronio mientras a otro le cuentan la historia de los Beatles o el último recital de Sting con The Police.
Nada me asombra ya. Los Molares se repiten cíclicos y no hay como frenarlos. Son pacíficos e inocuos. Aportan, informan, hay que saber seguirlos. Pero hemos ganado terreno. Ya podemos aportar ideas acabadas y nos han concedido el beneficio de la pausa.
Sentada frente a mi taza de café, moviendo acompasadamente el pie, no le doy tregua a mi mente, a este engranaje imparable que no descansa ni los domingos por la tarde, aunque la declaración de amor del estanciero me ha dejado perpleja. Pero antes de considerar esta inesperada proposición, siento que tengo algo importante por hacer.
Y entonces, despuntando una lejana vanagloria, me creo la visionaria, la primera en elaborar la primer tesis sobre los ellos, la expansión molariana y como dijo Andy Warhol, tendré mis quince minutos de gloria .
Otras veces me pregunto todavía y con una exacerbada y secreta obsesión, ( pues no quiero preguntarles a los ellos todavía ) por qué, por qué a la pobre oveja la llamaron Dolly si no cantaba como Dolly Parton y no Molly, ....Molly ...por Molares, claro.