Grises para la tarde

Se llevó las manos a las piernas, entre los muslos y cuando tocó la humedad que se filtraba por sus pantalones, casi la mojadura intentó cubrirse con el saco y la vi empalidecer, la vi asomarse tras una transparencia rara. Entonces eché a correr, habiendo resuelto la traición crucé la calle a los tumbos sin importarme los gritos débiles de Malena que decía mi nombre, creo que mi nombre y que lloriqueaba como un animal mal herido, en la calle resumida en la sombra.
No recuerdo cuantas cuadras corrí, sólo que cuando me salpicaba en un charco me parecía que hasta allí, en aquel charco espeso de lodo, había sangre, la sangre de Malena. Corrí agarrado a algo, succionado por una garganta feroz que me lanzaba a la oscuridad. Corrí agarrado a algo que después me di cuenta que era mi teléfono celular, uno de plástico que usaba para darme corte y sentirme importante delante de mis amigos cuando les refería la anécdota de seducción. Y mucho más me había dado corte delante de los amigos de Malena, ese submundo develado y mísero en donde me había entrometido, un suburbio ajeno donde había podido recrear la vanidad y desafiar la pobreza de otros y conseguir a la mujer con los ojos más grises que las tardes de Julio con sólo estacionar el auto del viejo. Corrí agarrado a eso como ahora estoy agarrado a mi maleta, con las manos mojadas y siento que me estoy olvidando del discurso que debo decir cuando entre.
Pobre Malena, la chica más linda del barrio paseándose de mi brazo , un trofeo enorme por la plaza sin nombre, si con sólo nombrarla, todos me envidiaban.
Tal vez por eso cuando la llamo, cuando la nombro ahora que la nombro por última vez, tengo tanta vergüenza y tengo miedo porque temo estar invocando a un fantasma. Tal vez por eso me escondí detrás del diario y me puse a temblar, a temblar tanto que la vibración del papel le llamó la atención. Me descubrió y se acercó sólo para mirarme con el asombro primitivo de su naturaleza , con su bondad infinita.
Cuando entramos al cuarto, ambos sentimos el hedor. Una oleada fuerte, espesa, oxidada nos mareó y cuando ella empalideció, yo prendí un cigarrillo. Confieso que tuve ganas de llorar. Pero llorar no me era permitido. ¡Qué hubiera dicho Malena! Y mis amigos ni hablar... Entonces me sonreí, casi me reí y mi risa la dejó perpleja, atónita ; la mujer que fumaba mientras hablaba me miró como si en ella hubiese existido un dejo de pudor . Si, me acuerdo muy bien, igual al fallo lento de una sentencia, su voz oscura pidiéndome la plata, mi risa nerviosa y la chica más linda del mundo tomada de mi brazo, mirando alrededor con incredulidad, tocándose el vientre.
Ahora entiendo por qué me he puesto tan colorado esta última vez que digo Malena. Ahora entiendo el temblor escandaloso del diario entre las manos, esa trepidación absurda que nadie me pudo curar. Eso fue lo que le llamó la atención y fue por eso que me descubrió a pesar de lo cambiado que estoy.
Ella está tan hermosa como siempre, con esos ojos grises como mi tristeza, con su cabello rojo y enrulado, su piel traslúcida, su manera de agitarse cuando se pone nerviosa. No puedo dejar de mirar su boca y es imposible dar alguna explicación porque no la hay, porque todavía me parece estar corriendo calle abajo, con la noche cayendo de bruces, con las lágrimas salpicando los charcos, o era sangre, no me acuerdo, era barro, y su voz diciendo mi nombre en la distancia. Creo que la miro y todavía la quiero, la quiero como siempre, también ahora que dice que me perdona .Pero estoy tan acostumbrado a sentir esta culpa que ya no podría vivir sin ella.
La creía muerta. Cuando la ayudé a tenderse allí, la mujer contaba la plata, yo creí que nunca saldríamos de ese cuarto maloliente. Su labio inferior temblaba, tenía la cara blanca, blanca por el miedo, por la inconsciencia Creo que nos bebimos la juventud de un solo trago, que envejecimos en una tarde y desde entonces no he dejado de envejecer, no he dejado de correr, nunca dejo de correr aunque la fatiga me desgaste y se me hinque en los ojos para estaquearme a la vigilia eterna. Si ahora la miro con los ojos redondos y fijos, es porque no puedo creer que esté aquí, que esté mirándome con esos ojos grises, tan linda, tan grande. Tan mía y regodeando el contorno de mi traición, aleteando el contorno de la infamia, recreando los cadalsos y la desazón a modo de una venganza. Su pelo cae sobre su hombro y yo intento olerlo, porque su olor me devuelve a la vida.
Cuando la mujer subió la radio, me pidió que esperara en el cuarto contiguo. Me puse en un rincón al lado de la ventana y me arrodillé a rezar, por primera vez en mi vida. Oí que gritó un poco , luego hubo un silencio tan largo como la sombra que concebía la noche. Nadie imaginaba que estábamos ahí, nadie podría ayudarnos en caso de que algo saliera mal. Es más, si yo salía, si me escapaba por la ventana, o por la puerta tan a mi alcance, nadie se enteraría. Ni siquiera Malena . El corazón sacudía su desazón a los golpes y se me apareció la traición ante los ojos.
Me dice que ya me perdonó pero ya pasé tanto tiempo culpándome, que no podría vivir sin mi culpa. No hay palabra que reivindique mi duelo y me salve del miedo, por eso tengo ganas de salir corriendo.
Quien sabe en ese revuelo de silencio y sombra, cuando escuché la puerta que se abría haciendo chillar las bisagras, la mujer tomándola de la espalda, fue cuando terminé de urdir la traición. Ella estaba tan blanca, transparente, tenía los ojos como la noche larga, vidriosa de barro y la boca abierta. La tomé del brazo, la ayudé a salir por una puerta que daba a un pasillo oscuro, porque la bruja no quería que nos viera la gente que esperaba afuera. Temblaba tanto y no decía nada, sólo me miraba, culpándome en silencio, hablándome con señas, gritándome cosas que yo fingía no entender pero que en realidad , entendía. Lo que no pudo darse cuenta, porque tanto me quería, porque su amor desmedido la había derrotado , era que yo era un cobarde, un maldito cobarde que la quería y que a pesar de quererla, la había arriesgado sin razón. Y a pesar de ella.
Cuando terminé de urdir la traición, me di vuelta y la tomé de la barbilla. Ella me clavó sus ojos anémicos, con la boca entreabierta, y su leve respiración de gata dormida.
Vi entonces la calle ancha y voraz en un espejismo único , atrayente. Se apoyó contra la pared y me dijo que no me preocupara tanto, que me olvidara de todo lo que me había dicho, que se sentía bien y que todo lo que quería era llegar a su casa, a casa de sus padres o algo así, que tenía mucho frío.
Y mientras me debatía entre las ganas de llorar, las ganas de fumar, la vi hacerse hacia un lado, tantear la pared húmeda, descascarada y apoyarse con un gesto de dolor.
Ahora me sonríe y nada tiene que ver con ella, con esa que se tumbó contra una pared y dijo que se quería sentar, ahí, en lo oscuro y el frío. Vi como se sentaba sobre un pilar donde estaba el medidor de gas, dijo que le dolía, que le dolía y que quería estar con su madre. Se tocó entre los muslos y cuando tocó la humedad que se filtraba, casi la mojadura intentó cubrirse con el saco y la vi empalidecer, la vi asomarse tras una transparencia rara. Entonces eché a correr y crucé la calle a los tumbos sin importarme los gritos débiles que decían mi nombre, creo que mi nombre y que lloriqueaba como un perro lastimado. Sólo una fracción de segundo mientras tomaba el envión para salir corriendo, mientras calculaba mi pié saltando el charco pegajoso que derramaba la vereda, enfrenté lo gris de su mirada, la mirada más triste del mundo, y vi que tenía sangre en las manos. Rojo y gris, la calle y el frío que suspendía el aliento en el aire atrapado y un vientre vaciado.
Su mirada es gris y es linda, como la de ella, como el cuchillo, como las pesadillas, como las malditas pesadillas que vestidas de mujer y sangre, me sentenciaron a la vigilia y no hubo remedio, ni tratamiento, ni facultativo que pudiera evitar los gritos en la noche, la frente mojada el espejismo develado de una muerta, que no está muerta y encima dice que me perdona.
Y no quiero que me perdone, no quiero el indulto porque si es así, habré sufrido en vano, habré cocido mis pupilas a la vigilia en vano. Yo ya me acomodé en el hueco victimario de la culpa, no sé vivir sin ella ni sin las pastillas. Todo por nada, por nada.
Hay una combinación de grises esta tarde, en el aire tibio , en las mujeres que exhiben sus hijos antes de entrar al consultorio.Y yo sólo tengo a mi maleta. Sus grises, los de él, lo gris de mi vergüenza corriendo por aquella noche helada, buscando el
primer colectivo que me llevara a casa donde mi madre ajena y feliz, me esperaba con la comida caliente. Caliente como la sangre de Malena.
Pasaron unos cuantos días y no hice otra cosa que vomitar cada vez que golpeaban a la puerta o el timbre partía la calma de la casa a modo de una maquina perforadora. No supe nada de ella. Apenas si salía a la calle , acaso solamente para comprar cigarrillos , con la esperanza de que alguien me llamara por teléfono y me dijera que estaba bien, que todo estaba bien.
Tal vez lo poco que dormía, me servía para creer que todo era una pesadilla horrible pero que al despertar saborearía una vez más la liberación, la paz, la quietud, la bondad. Solía finalmente fingir que nada había ocurrido y luego me encerraba en mi cuarto a sudar, con temblores fríos , helados como esa noche en que dejé a Malena diciendo mi nombre, roja y asustada.
Bella como pocas, temblando de terror y debilidad, frágil y tumbándose contra la pared. Bella como esta mujer que me mira con compasión, concediéndome una tregua, una pausa y yo tengo tantas ganas de llorar, tantas ganas de llorar como aquella vez, porque no puedo creer lo que estoy viendo, no puedo creer lo que hice, haber dejado la ciudad con la estúpida excusa de ver a mi padre, indiferente y amargo y haberme quedado a vivir con él, con ese hombre extraño y silencioso todos estos años, sin la vida dulce al lado de mi madre. Sólo por huir, por no querer saber , por salvarme de la verdad y hacer de cuenta, como siempre hacía, que no había pasado nada.
Pasaron tantos años que ya no recuerdo. O no quiero recordar. Tantos años que hicieron que su pelo fuera más rojo, sus ojos más grises, y su belleza intacta más transparente reflejándose en mis ojos oscuros, ridículos de asombro, negados al sol y a la alegría , con una sensación sudorosa, una sensación insistente que trasladé como un fóbico rendido a cada arista de mi vida. Acaso me pregunto cómo soy capaz de sentarme delante de los doctores y ofrecerles un vademécum glorioso, tirando y aflojando a cada rato mi corbata, la misma que el niño ahora, justo ahora me quiere tocar.
Cuando tomé el diario sólo unos segundos atrás y al verla aparecer, nunca imaginé que el temblor de mis manos, ese temblor que nadie pudo curar, llamara tanto la atención, que al abanicar las hojas con tanto fervor incontrolado, llamaría la atención de la mujer más linda del mundo.
Su asombro tiene el candor de siempre y algo me quiere decir, algo que no alcanzo a entender, estoy empapado de gris, empapado de vergüenza , de estupor, sin saber que hacer con su perdón cuando en realidad debiera esperar una venganza. Su cabello rojo salpica mi incordura y trato de hablar, de decirle algo, pero veo la puerta, otra vez la puerta..... Aunque ese niño con sus mismos ojos grises me habla, no le puedo responder ya que reconozco en él la belleza frutal y cíclica de ella.
Tengo muchas ganas de llorar. Ella, mi Malena, la linda, la que me quería tanto, me habla y el niño quien ahora le pide galletitas, me obstruye el paso. Yo me sonrío, me sonrío tontamente y no entiendo por qué no se quiso vengar, de mí, de ese que la dejó plantada en la vereda la noche más fría del invierno, con las manos mojadas de sangre y un dolor en el vientre, el mismo que padecí en el mío, sin saber como era en verdad. O acaso comprendo mientras me dirijo a los tumbos hacia la puerta, tomado de mi maleta como si me aferrara a una soga redentora, que ella lo ha conseguido, que ella no se murió, que no solamente no se murió sino que prefirió nunca volver a verme ni hacerme saber que había sobrevivido, que aquella noche de muros y charcos, había logrado llegar a su casa. Pero nunca me lo hizo saber, nunca supe nada de ella, ni yo ni mis amigos, los que me envidiaban tanto. Entonces comprendo por qué ahora dice que me perdona. Porque ya me coció las pupilas eternamente a la vigilia, porque me sometió muda y despiadadamente a esta carrera en la que nunca me detengo y por eso nunca dejo de temblar. Si, ahora entiendo mientras corro escaleras abajo, olvidando el discurso que le tenía que decir al médico para venderle los fármacos que a veces confisco y me ayudan a dormir.
Porque ella, la mujer más linda del barrio, la que yo solía restregar por las narices de mis amigos, como un trofeo bello y
único, me ofreció su silencio gris, gris como sus ojos, gris como los ojos del pequeño que la toma del brazo y le pide galletitas,
gris como mi asombro y mi tristeza. Y me dejó en las piernas una fuga macabra, acaso porque mi traición era imperdonable, su venganza me parece ahora más imperdonable todavía.