El Sudor de los Caballos

Como la noche estaba pesadamente oscura, no le costó llegar , descalza y afiebrada, con los ojos crepusculares, conteniendo la furia despiadada de su amor por el Negro.
Había dejado atrás las quintas y sabía que el hombre hacía noche en aquella choza miserable, tan baja como alto puede ser un hombre, para luego continuar su ruta hacia el interior.
Tendida en el pasto reseco de la llanura, escondida de sus propias intenciones y de cualquier testigo que resultase un impedimento, salvaje y frutal como ninguna se sumergió en la sequedad de los pastos para esperar la noche profunda. Pudo ver lejano que el hombre llegaba atardecido, en su caballo alguna vez salvaje, y atarlo al palenque.
¡Nadie como el Negro para domar un potro salvaje! Si le había bastado ver como lo hacía corcovear, desenfrenado y fuerte, para dejarla con los ojos grandes y la boca abierta. Y luego había salido corriendo, corriendo como una yegua dorada , y a solas y en silencio se había puesto a llorar de amor, apretando sus manos en las entrepiernas inaugurales y rabiosas, casi relinchando en un murmullo, casi como ahogada por el dolor de su vientre, apretado e incompleto .
"Chinita linda", la había llamado él y fue suficiente para regodear la locura universal , el amor que sofoca la garganta expuesta, el amor y la entraña . Una sola vez fue suficiente para que se despuntara el dolor, las ganas, la sed incierta que se le anticipaba por el cuerpo recién amanecido y que sólo recreaba de a ratos, contorsionándose pura y transparente como las aguadas.
Siempre se había jactado de ser libre, libre como las manadas libres, como el viento caliente que hacía arder los veranos, hasta que escuchó al Negro gritar salvaje y reidor, lanzando las boleadoras al aire, en sus botas de potro y corriendo final hacia la bestia ,mientras ésta caía en una rodada terrible sobre la superficie polvorienta. Lo vio montarlo, cuando el animal tembloroso yacía aúnen el suelo y luego con la cadencia infernal de la carrera, como pegado al lomo, riendo bajo el sol hirviente, riendo sobre el animal coceando y girando, como una piedra de puro músculo, rodando por un repecho final , para al fin, al cabo de unas horas, salir dominador y terrible, haciendo que el potro tome su misma ruta. Y envidió a aquel potro, culposa y caliente.
Nunca supo si fue el sudor del los caballos o el sudor del Negro lo que se le impregnó en la piel, aquella mañana. Nunca imaginó desde su arrobada juventud, como era eso que le dolía en la piel húmeda, entre los muslos cantores, en el mismo centro de su vientre.
Y quiso saber.
Hay un momento que no importa ni cómo ni cuándo. Que el mundo y sus prejuicios desaparecen y la cordura es un pobre infierno que no cuenta.
Y aquella noche, salió a buscarlo porque ya no daba más.
Por una extraña confabulación que le llegaba como un alivio alentador, los perros no le chumbaron.
El hombre ya estaría reposando, adormilado tal vez.
La mujer nueva, muerta de amor y calentura, joven como una fruta ansiosa por la mordedura, arrojó el vestido de algodón sobre el palenque y tomó su poncho y sus botas. Cobijada por la espesura nocturna, tomó con mano temblorosa la prenda de lana del hombre amado y se deslizó por la abertura como una serpiente por el pasto, sólo para sentir el olor, la transpiración pegándosele en las entrañas, el roce de una prenda suya, como un dejo de propiedad. Se deslizó también, anticipada y feliz, como tantas veces lo había imaginado, dentro de las botas de potro sólo para poder sentir que lo montaba y sentir que, de alguna manera ya tenía algo de él.
La luna se arrojó de bruces por el campo y algún perro quebró el silencio visceral mientras ella se arrojaba como una cierva voraz y hospitalaria sobre el cuerpo rendido.
De no ser por el poncho y las botas inmensas, en cueros y ardida, con la única misión de tenderse sobre el hombre en el catre, quiso imitar a las yeguas que con tanta destreza lo había visto domar. Con el corazón cabalgando como una tropilla rabiosa, con los labios mojados y abiertos como una tinaja de agua blanda, lloró de dolor, de amor y de osadía, llevando sus propias manos a su mojadura, para luego poder ponerla en la boca del hombre imaginado. El anticipo de sus hedores, de sus humores enamorados, de su alivio, la marearon.
La noche ciega le impidió ver la expresión del hombre que apenas despertando , apenas entendiendo, ya casi imaginando, la recibía generoso y anfitrión, arriándola tierno e inevitable hasta dejarse montar sin decir nada. Sin decir absolutamente nada. El silencio rural y ahogado trazumaba un olor fuerte y transpirado como los caballos sudorosos que domaba . La mujer nueva gritó y lloró sobre su pecho montés. Sintió que el desgarro era menor que el gozo encandilado. Tan agitada, relinchando casi, corcoveando como una potra de plata, con tanto amor que no alcanzaba en la llanura, se hizo para atrás , arqueando su breve espalda, mientras la luna hacía sus pechos de lonjas de tiza , en la soledad de un campo pesado, y comenzó a rendirse por fin a la cadencia pausada ya, del hombre poseído.
Hubo un grito final, y llanto feliz y hubiera deseado quedar para siempre estaqueada en ese gozo plural.
Casi a punto de nombrarlo, feliz y frutal, con las crines empapadas e hilarantes, escuchó los ruidos sordos de un caballo que a la carrera se aproximaba a la posta, quebrantando el grito y el silencio, el suspiro ecuestre y mineral.
Escuchó como en un eco lúgubre entonces, la voz áspera del hombre nocturno que le decía balbuceando ahora, raro e inseguro, que se bajara, que se bajara rápido, que se vistiera … porque su patrón, el Negro, urgente y severo, estaba llegando , y que seguramente querría descansar unas horas, antes de seguir junto a él, su peón de confianza , el viaje hacia el interior.