El sol sale argentino

Una voz afable, casi bondadosa, nos invita a ajustarnos los cinturones. La noche se pasó rápido. Juan con una camiseta de Boca debajo de la camisa me había dado risa y el dialogo fue inevitable. Dos soldados del destierro reunidos en un asiento de avión regresando a la tierra que años atrás nos había expulsado desde un inmenso ovario sin instinto materno.
Éramos dos sobrevivientes de la silenciosa guerra de la nostalgia, desde ese rincón adonde nos sentamos con orejas de burro para castigarnos, para acusarnos por los errores que cometimos y por los que no cometimos también.
-¿Hace mucho que te fuiste? Esa era siempre la primera pregunta.
-Ocho años.
Juan se toca la barbilla, mira a la azafata, se acomoda el cinturón. Está nervioso.
-Me embargaron la casa, me había dicho. Nos quedamos hasta que pudimos. Como no nos queríamos ir, vino la policía. Mi mujer se volvió loca. Estaba desconocida. Se agarró del poste del jardín y dijo que nunca se iría, que aquella era su casa, su territorio. Tuve que arrancarla de aquel mástil. Después se fue a vivir con mis suegros, pero ellos no me dejaban entrar en su casa. Ella también me culpaba de muchas cosas. Y no quiso verme más. ¿Sabes, flaco? Yo dejé de hablar. Estaba tan enojado que dejé de hablar. Pero literalmente. No quería hablar más. Como estaba sin trabajo, viví con mi vieja, pero no hablé por un año. Un día vino mi hermano y me dio dinero para ir a España, pero con la condición de que volviera hablar. Y me fui.
Quizás en el imaginario social, en la concebida idea de una clase media todavía algo idealista, nunca imaginamos antes de irnos que nos tendríamos que ir. El exilio económico es la crueldad que nos impone un sistema que por diferentes motivos nos desclasó. Nos confundimos, nos deslumbramos con lentejuelas de colores, no entendimos el mensaje, no lo sé.
Pero el destierro impulsado por nosotros mismos es una forma
de morir con culpa, de resucitar con polvo en la garganta, de desafiar el arraigo y nuestro lugar por un “no lugar”, que al fin termina siendo nuestro nuevo lugar, un ancla en la pesada infamia de la que escapamos.
Desde que salimos de Madrid, la noche no pudo cerrar sus ojos. Mientras Juan me contaba de la mudez que él mismo se había impuesto, de la mujer a la que tanto quería, movía las manos trazando en el aire llagas de injusticia. Resumía en cada movimiento una historia para tantos de nosotros repetida.
-Yo también, le dije. Hace ocho años que me fui de Argentina.
No me arrepiento. España fue buena conmigo. Yo la dejé ser buena. ¿Qué más podía hacer? Tenía que salvarme del naufragio y mi vieja me cosió las alas más pesadas y más dulces que jamás haya habido, pero lejos de ella. Salváte, me dijo.
Juan me escucha, mirando hacia la ventanilla.
-Cuando uno está lejos de su lugar, Juan, no te hablo de tu país, te hablo de tu lugar, todo aquello que conformó tu pequeño mundo, tus amigos, tu cuarto, los ruidos conocidos, la mujer que te reconoce en el kiosco, la mente se transforma en un álbum terrible, con túneles que se bifurcan. Vivís una realidad que parece exageradamente ficticia pero es, más real que cualquier ficción.
Juan se ríe de mi forma de hablar. Sos un poeta, me dice. Juega con su anillo y, con pudor, se pasa la mano por los ojos.
-Ella me escribió, me dice.
-¿Tu mujer?
-Si. Está cansada de vivir con los viejos y me pidió que volviera. Por eso vuelvo.
Se encoge de hombros y se sonroja. Admitir esa verdad le da vergüenza.
Yo arrojo unas palabras que no vienen al caso, pero que queman en la boca y en el corazón.
-Mi viejo se murió del corazón. Mi viejo se cansó de tanta mierda.
Juan me mira con sus ojos inmensos de vidrio y asombro.
Aquella noche me vuelve a la memoria como una inquilina molesta, excesiva. Mi viejo se estaba muriendo y un espectro, un presidente sombrío nos instaba al esfuerzo.
¡Hijo de puta! ¿Esfuerzo?, gritaba yo frente al televisor. Hijo de puta.¿Esfuerzo?… Ya no nos quedaba ni una gota de sangre para dar. Recuerdo haber arrojado un plato contra la pared y mi vieja llamando un taxi para volver a la clínica.
A veces la memoria nos juega una mala pasada. Era muy de madrugada cuando sonó el teléfono. Yo había vuelto de la clínica hacía solamente media hora y mi vieja me pedía que volviera, que me apurara. Mientras conducía, con los ojos brillantes y la garganta llena de cuchillos tristes, advertí que el sol rompía el cielo apenas celeste. Aquella visión, aquella estampa me devolvió algo de vida. Lindo cielo argentino, pensé.
Juan pierde su mirada, que atraviesa radiante la ventanilla del avión, y luego me enfrenta otra vez, fingiendo muy mal que no advierte la batalla de mis lágrimas, esas que quiero retener.
-¿Qué pasó?
-Creo que mi viejo se murió sin sufrir, queriendo descansar de algo que yo entendía, pero que no quería aceptar.
Aquel amanecer se quedó en mi memoria. Aquella mañana mi viejo murió. Si me quedaba algo de ingenuidad, creo que la perdí aquella mañana.
-Siempre dije que desde aquel momento fui menos bueno. O me sentí más malo.
Juan se sonríe y yo confirmo mis palabras.
-Es verdad, Juan. Ya no perdono con tanta facilidad como antes.
Hay algo en mis palabras que hace sonreír a Juan.
-Aquel amanecer mi vieja me pidió que considerara irme.
-No te mueras aquí, me dijo. Andáte. Acá es invierno, me susurró. Por ahora es invierno, me repitió.
Aterricé en España rabioso con Argentina, como un amante despechado. Como todos, dejé que mi rencor se desmoronara y trabajé y trabajé y trabajé. No vine a llevarme el mundo por delante ni creía que el esfuerzo había terminado. Tampoco creía para ese entonces que los logros van de mano del esfuerzo.
Eso sí que no lo creo más.
Muchas noches el insomnio clavó mis párpados a la oscuridad. Muchas noches tuve el impulso de abandonarlo todo. Lloraba
como un combatiente en la trinchera llamando a la madre.
Pero el orgullo es una herramienta eficaz. Resistí.
“Su atención, por favor”. La voz agradable de la azafata me baja del barrilete.
-No me puedo quejar, le explico a Juan. ¿Lo que más lamento? Me perdí momentos argentinos. En la vida siempre se pacta, Juan. La vida es un tácito pacto y la balanza se ríe de nosotros con dientes blancos.
Juan tiene sueños. Él se ha salvado. Tener sueños todavía es haberse salvado. Yo pienso en los amigos que me estarán esperando en Ezeiza, en mi vieja cocinando como loca, mi hermana menor preparando mi cuarto, mi hermana mayor, la maestra de alma, contando a sus alumnos que el exiliado vuelve.
Guardo las fotos en la billetera y se me humedecen tanto los ojos, que no sé qué hacer para contener las lágrimas. Mi chica española estará muy triste, pienso. Quizás pronto nos volvamos a ver. Uno nunca sabe cuándo encontrará la pieza del rompecabezas que falta para ese trocito de la gran imagen.
-Muchos me criticaron. Muchos hablaban de “patria”, de “arraigo”. Mi única patria es mi familia y ellos me pidieron que me fuese, porque no querían ver mi muerte en cómodos capítulos.
Juan se bebe el cielo en una sonrisa. Él se ha salvado .Sí, lo sé.
Estoy nervioso. Casi es mordaz la inquietud que tengo en el cuerpo. Mi sangre se anticipa al regreso.
¿Cómo será la vida argentina conmigo, en ella, otra vez?
Oro fino parte el cielo en dos y la mañana lentamente va aclarando.
¡Qué sensación extraña la de volver! ¡Qué rara es la incertidumbre de los reencuentros! Es tan raro el regreso. ¿Habré cambiado mucho? Sí, sé bien que he cambiado. Tengo también un secreto orgullo, esa saciedad de dignidad, la de haberlo logrado, la humana e íntima vanidad de no haberme muerto en el intento.
La gente habla más, hay murmullos, asombros. Muchos ordenan sus cosas. Yo pongo en orden mi pasado, acomodo las fotos en mi alma y palmeo a Juan, así, con fuerza, con alegría.
Nos hemos pasado hablando toda la noche. Tuve que hacer
grandes esfuerzos por no llorar. Yo no quería llorar. No quiero llorar. Tengo un largo entrenamiento de continencia de llanto. Nunca me gustó que me vieran llorar. No, no quiero.
Él está emocionado. El asiento le queda chico. La emoción que siente es tan grande, que no la puede contener.
Por mi mente una película urgente le gana a mi memoria. Siento que el corazón me estalla y miro hacia afuera. Mi viejo diría que en alguna parte siempre es primavera. Mi vieja diría que siempre amanece, como ahora….
Tal vez vuelva a Argentina para seguir pariendo en seco y para dejar la espalda en una calle con sueños imposibles. O quizás esta vez me saque la sortija, la suerte y el afán se equivoquen de ruta y las cosas me salgan bien. No sé.
Creo que este exilio voluntario me concedió un pasaje hacia lo que es realmente cierto. Tengo pupilas nuevas. Nadie es el mismo con fronteras a cuestas. Nadie.
Miro hacia afuera y lo miro a Juan.
-El sol sale argentino, le digo. ¿Viste?
Juan aprieta los dientes, mira cómo amanece, se ríe, llora, suspira.
-Sí, me dice, el sol sale argentino.
Me golpea la espalda, me sonríe. Contiene el aliento. Me abraza. Mierda de cinturón, me susurra.
Muchos de quienes vamos en el avión somos parte de ese regimiento de antiguos desangelados. Nos miramos, nos reímos, nos entendemos desde el lenguaje tácito de los asombros, de la redención, de la alegre nostalgia rioplatense que nos ayudó más de una vez a despertarnos, aun cuando no queríamos hacerlo.
Un mapa gigante se desparrama fraterno y nos anticipa el descenso.
-Flaco,… estamos llegando, dice tartamudeando.
Yo me acuerdo de mi viejo y le ofrezco algo de mí que no sé qué es, pero se lo doy. Pienso en mi vieja, en mis hermanos, en mis amigos, en mi calle verde, en volver a dormir escuchando el ruido argentino, el seseo argentino, las puteadas argentinas.
¿La razón por las que no volví en ocho años? No lo sé. Pero mi vieja se recibió de internauta y yo, de melancólico moderado.
Juan dice que le parece ver a su mujer esperándolo en el
aeropuerto y ni siquiera hemos aterrizado. Está reloco.
Hay celeste por todos lados. Casi no lo puedo creer.
-Sí, el sol sale argentino. Mi sol argentino.
Juan me abraza, contenido por el cinturón.
Entonces sí que ya no puedo contener las lágrimas. Miro el cielo celeste cruzado por las nubes, el sol que inaugura el largo paso del regreso y susurro “por fin, por fin, viejita, por fin”.
Ya no aguanto más y de tanta alegría me pongo a llorar.
Y Juan, como un loco, grita abriéndose la camisa…
-¡La puta que lo parió!… ¡Volví…Volví!
Leire