El adiós

Nadie más que él
en la sustancia láctea de mi boca,
en mi corazón vidriado por crisálidas
de ruidosa indecencia, por la tarde gastada.

Yo solía abrazarlo
desde la clara retina de miradas
de mi amor de cien metros cuadrados.
Y desde el adiós me encerré en la torre
donde pateo vientres desprovistos.
(Y en lo oscuro suelo creer que afuera es primavera)

Y coronó mis sienes con laureles
de hambrienta lucidez
con la hambrienta voracidad del desencanto.
Se volvió al bostezo de sus días.
Y me inventó el pecado de los papas para mi embrujo, dijo.
Bruja alegre de garganta dulce, susurró en su atrio
de adiós con antifaces.
Desde entonces ahuecando colchones con el pulso
en mi rito de iniciación ,
pobre nutria ámbar estrenando
el cuerpo entristecido, las culposas manos,
me amo pensando en él
de espaldas y en su nombre.