Cuando él me hizo lo que me hizo

Cuando él me hizo lo que me hizo, nos hizo a todos lo que a mí me hizo. Como nadie se esperaba algo así de él, justamente de él, me quedé perpleja, atónita. Y me puse a llorar. Y todos se quedaron conmigo perplejos y atónitos. Y se pusieron a llorar.
Al verme a mí así, de aquella manera, mi familia y otros tantos regimientos (familiares directos e indirectos, amigos y un poco amigos, conocidos, escritores, alumnos, músicos, vecinos, hijos de vecinos, locutores, maestros, profesores, policías, transeúntes de mis calles, admiradores, y así…etc.….etc.…)decidieron ayudarme. Al verme guardar silencio, llorando como una regadera rota, supieron que la mejor manera de hacerlo era guardando silencio, a mi lado. Pero mientras alquilaban botes para desplazarse por las inundaciones que provocaron tanto llanto, no pudieron evitar los comentarios
Lo que él me hizo lo contaré en mis próximas líneas, sólo que en este párrafo cabe destacar que antes de hacer lo que hizo, él era hombre altamente estimado y admirado por muchos y otros tantos. Y después ya no.
Cuando él me hizo lo que me hizo, y como nadie se esperaba algo así de la persona que me hizo lo que me hizo, el mal accionar fue pasando de boca en boca hasta atravesar las plazas y los parques, los barrios y las ciudades. No es que lo quisieran exponer en todo el mal que me había hecho, pero callarse en estos casos era imposible. Y mientras yo guardaba silencio, todos a mi lado y para descargar tensiones y apaciguar el asombro al saber lo que él me había hecho, hicieron circular este acontecimiento hasta que adquirió envergadura de leyenda.
Cuando yo dejé de llorar, mi familia y otros regimientos (familiares directos e indirectos, amigos y un poco amigos, conocidos, escritores, alumnos, músicos, vecinos, hijos de vecinos, locutores, maestros, profesores, policías, transeúntes de mis calles, admiradores, y así…etc….etc…) respiraron tranquilos. Todos sabían que detrás de esta aparente fragilidad, la sangre que me surca no es sólo sangre sino savia de roble y que volvería a ser la que yo era antes de que él me hiciera lo que me hizo. Lo que nadie se esperara que él me hiciera. Hombre muy estimado había sido él.
Lo que él me hizo lo contaré en mis próximas líneas porque es necesario
agradecer que hasta en los periódicos de mi ciudad, hasta en la que yo crecí, este desastre sociológico ha tenido difusión. Y todo converge en una premisa final. La maldad tiene pocos amigos y los pocos que tiene, son malos.
Por correo electrónico me llegaron mensajes tan bellos que me aliviaron el dolor y sumado al amor de mi familia y otros regimientos, lograron de a poco, no sólo que sonriera, sino que no metiera a todos los gatos en el mismo saco. Duro trabajo fue aquello, siempre es difícil superar las traiciones, pero lo logré. Y otra vez amaneció con color esperanza. Y yo volví a hablar.
Todo esto ocurrió porque él me hizo lo que me hizo, lo que yo no me esperaba que me hiciera ni nadie esperaba ni imaginaba de él ,tamaño ejemplo de deslealtad , y mientras yo guardaba silencio y mi familia y otros regimientos (familiares directos e indirectos, amigos y un poco amigos, conocidos, escritores, alumnos, músicos, vecinos, hijos de vecinos, locutores, maestros, profesores, policías, transeúntes de mis calles, admiradores, y así etc.…etc.…) por el inefable amor que me tienen intentaban ayudarme, la solidaridad y lo terrible de la historia recorrieron tantos territorios y tan grandes como el mal que él me había hecho. Y su mal accionar cobró forma de denuncia social, de traición solapada, un puro ejemplo de amoralidad y de falta de honor porque estando en sus manos evitarme el mal, no lo había hecho y eso es grave. Y nadie quería estar en su lugar. Nadie se quería parecer a él. No lo quisieron nunca más.
Nada de esto hubiera ocurrido si él no me hubiera hecho lo que me hizo y al hacérmelo a mí, nos lo hizo a todos. Y ahora que el hecho ha cobrado trascendencia continental, y que la gente habla de él como el ejemplo por antonomasia de cómo no se debe ser, yo me doy cuenta que su crueldad le ha dado cierta fama de la que ahora ya no se puede desprender.
Lo que él me hizo se puede describir en pocas palabras: en tres, cuatro creo. No hace falta hacer un ensayo ni una crónica para relatar la esencia del caos.
Pero esto sucedió porque ni yo ni mi familia y otros regimientos (familiares directos e indirectos, amigos y un poco amigos, conocidos, escritores, pintores, alumnos, músicos, vecinos, hijos de vecinos, locutores, maestros, profesores, policías, transeúntes de mis calles, admiradores, y así…etc.….etc.…) se esperaban que él hiciera lo que hizo, y si él no lo hubiera hecho, lo hubieran seguido queriendo y admirando muchas más personas de las que él hubiese podido imaginar. Hombre estimado, había sido él.
La vida es un devenir de decisiones. Nada de esto hubiera ocurrido si él no me hubiera hecho lo que me hizo. Y al hacérmelo a mí, era evidente: nos lo hizo a todos.