Amigo del alma

Aquel domingo el chico de enfrente jugaba con otros a la pelota y me hacía burla. Yo siempre lo miraba y le sonreía porque quería ser su amigo, pero él se reía de mí. Le quise hablar pero sólo unos sonidos guturales acudieron a mi boca. Levanté las manos para llamar aun más su atención, moví los dedos y me puse a aplaudir, pero ellos estallaron en carcajadas.
Yo solamente quería tener un amigo. Y aunque él decía que yo era diferente, no creí entonces que fuera verdad.
Aquella lejana mañana de sol sentía inquietud. Estaba sentado en mi silla, en el patio de mi casa primera, balanceándome con una cadencia tranquila. Tenía la barbilla empapada por la saliva y tenía calor. Tenía las axilas mojadas y la cara inflamada por el sol. Mi padre, a pocos metros, no reparaba en mí. Jugaba a mi ausencia, jugaba a no verme. Yo ya estaba acostumbrado. Él sentía rabia y vergüenza de mí.
Cuando mi madre volvió, la mañana cobró el color de un gozo dorado. Me abrazó, me secó la nariz y la boca y me felicitó por no haberme mojado los pantalones. Yo estornudé con mucho ruido y mi estornudo fue desde mi mundo aislado y transparente, una ofrenda. Le di un beso tan fuerte que ella se echó a reír, pero sus ojos siempre quedaban tristes, siempre recorrían una inmensidad adonde ella me llevaba para amarme, con dolor y en silencio. Mis labios acuosos se apoyaron en sus mejillas suaves como algodón. Otra vez me puse a aplaudir y ella se puso a aplaudir conmigo. Mi madre era la felicidad. Así era mi felicidad.
Mirando de soslayo a ese señor, mi padre, me tomó de la mano y me condujo hacia la casa. Creímos que me enclaustraría en el cuarto, pero él solamente nos miró de costado y advertí en sus ojos una mirada ya no tan hosca sino, por alguna razón que hasta entonces ignoraba, culposa.
Por si acaso giré mi cabeza para mirar al chico de enfrente porque creí que me saludaría, pero ni siquiera se había dado cuenta de que me habían llevado hacia dentro.
Yo quería ser como él, moverme con agilidad, tener chicos con quien jugar. Quería un amigo, soñaba con un amigo. ¿Por qué era tan difícil para mí?
Como siempre antes de comer, debía lavarme las manos Ese día tuve ganas de hacerlo solo , pero mi madre se adelantó a mi impulso y me las lavó. También se apresuró a bajarme los pantalones y cerrando a medias la puerta, me indicó que no me tocara demasiado. Cuando ella me subió los pantalones, otra vez esa sensación imparable se adueñó de mi cuerpo grande. Quise que ese escalofrío agradable, ese dolor tibio en mi vientre perdurara más, pero se acabó pronto. Era como un poco de esplendor inconcluso.
Cuando al fin nos sentamos a la mesa , ese señor, mi padre, mostraba una ira moderada.
Su hostilidad y su impaciencia hacia mí parecían haberle dado un alivio.
Entonces su decisión nos fue comunicada de repente. Él ya había decidido mi destierro y nada ni nadie, ni el llanto ahogado de mi madre, ni la mirada absorta de mi hermana, lo harían cambiar de opinión. Ni siquiera mis gritos entrecortados ni mi baile alrededor de la mesa. Nada.
Me iba a enviar a un internado y no había nada más que hablar. Estaba todo arreglado. Mi exilio era su liberación.
Cuando mi madre comenzó a ordenar la ropa, lloraba en silencio y el pecho se le sacudía. La pena en sus ojos era tan grande como ese amor que me hacía, antes sus ojos, ser lo más importante de su vida. Algo que mi hermana parecía no perdonarle.
Pero yo, medio niño, medio hombre, instinto y ternura, todavía no entendía la razón de su tristeza porque no sabía lo que era el desarraigo. Yo la miraba y la acariciaba como si fuera el juguete más lindo que alguna vez había tenido hasta que ese señor, mi padre, dijo que era demasiado grande para esas tonterías. Ella me besaba las manos con tanta bondad y tanto amor que el corazón me creció en el pecho y supe que son esas cosas las que sanan más que las medicinas. La voz horrible del hombre la reclamó con urgencia y ella, creo que por primera vez, no le hizo caso y se quedó conmigo, mirándome, traspasándome con sus abrazos de lana. Yo la besé y la besé hasta que le dejé el rostro mojado de devoción y saliva.
El chico de enfrente que estaba otra vez en la calle y mirando hacia mi patio, hablaba del tonto del barrio. Yo, al verlo tan atento, pensé que había cambiado de opinión y que quería ser mi amigo. Pero no.
Yo no sabía cómo era tener un amigo hasta que lo encontré. Y fui feliz.
Todo sucedió con la misma rapidez que mi padre me internó en la casa grande que luego, ahora, es mi verdadero hogar.
No sé si fue el resultado de mi búsqueda incesante , pero desde que él apareció en mi vida, tuve la primavera alborotada y me pareció lejana la tristeza.
Sucedió el mismo día en que llegué, muerto de miedo, colgando de mi madre. Yo estaba gritando porque alguien la apartaba de mí, y ella era la única que me hacía sentir importante, mi único puente con el resto, una redención de luces ante la sombra a la que mi padre me había confinado.
Todo trascurrió rápido. Entonces apareció él, muerto de risa, atropellado, balbuceando palabras que no lograba entender y acaso tampoco quería. Yo no estaba acostumbrado a encontrarme con chicos de mi edad o con mis características y todo me parecía irreal, pero me gustó. Se detuvo delante de mí y me tomó la mano. No dejaba de sonreír y moviendo la cabeza de un lado hacia otro, me quiso contar no sé qué cosas. Era rubio, muy rubio, con poco cabello, la cara redonda, la cabeza como una pelota. Tenía la nariz como un enchufe y la lengua le asomaba como a mí, entre los dientes. Tenía un cuerpo pequeño y arrastraba un poco, la pierna izquierda. Y reía. Siempre reía.
Nos sometimos secretamente a un estudio recíproco, y nos aceptamos. Desde entonces fuimos inseparables. Él fue como una bocanada de aire fresco y lavó con su humedad de grillos, la soledad de mis días sin él.
Así conocí a mi amigo y aprendimos a recorrer los jardines, los pasillos, las habitaciones. Pasamos tardes frente al televisor, nos esforzamos en el aprendizaje para ir al baño, para comer bien, para beber bien, para vestirnos sin ayuda.
Mi amigo tenía una alegría antigua. Contó con el amor de sus padres desde siempre. Yo, en cambio, tenía el amor triste e inmenso, inmenso de mi madre y la rabia y el rechazo de un señor, mi padre. Al conocerlo tuve dos grandes amores, el de mi madre y el de mi amigo. Y entonces me olvidé del desamor de mi padre.
Solíamos caminar abrazados por los salones de la casa grande y cuando a mí me daba por gritar, él se ponía nervioso y comenzaba a girar, a girar, para que me callara y yo me ponía a girar con él. Luego, mareados de risa y algarabía, nos arrojábamos al suelo.
Juntos entrenamos nuestras manos en un taller, aprendimos a controlar los movimientos, aprendimos a articular sonidos más entendibles, a compartir juegos. Aprendimos a bailar y mientras esperábamos a nuestros padres, caminábamos de la mano, cantando por los jardines, persiguiendo la risa de las mariposas.
Él era como una prolongación de mí mismo, una identidad de luz, un refugio y un pecho agitado de complicidad y cigarras. Experto en júbilo, me enseñó la risa y me la legó.
Había acabado la búsqueda.
Una mañana de Septiembre él no se quiso levantar de la cama y se pasaba la mano blanda por el lado izquierdo de su pecho de pájaros. Yo lo tironeaba y lo tironeaba pero no me hizo caso. Solamente me sonrió y siguió durmiendo.
Desde entonces comenzó a estar extraño. No irradiaba la luz de su habitual entusiasmo, no tenía ganas de emprender día a día nuestra habitual aventura de vivir. Su voz tenía las notas de una guitarra cascada.
Se deslizaba por los pasillos con lenta pesadez y el levísimo intento de su alegría me dejaba la sensación de la nostalgia.
Él ya no era el mismo. Yo me pasaba largos ratos mirándolo recostado en una cama blanca o en un sillón. Él me miraba como si no me conociera. Lo invitaba una y otra vez a recorrer el patio, pero prefería seguir quieto y me sonreía débilmente.
Comenzó por asistir a controles médicos con mucha asiduidad y sus padres eran llamados repetidamente.
Mi corazón parecía latir al ritmo de una futura tristeza y tuve miedo una mañana y a la tarde y a la noche porque no alcanzaba a comprender muy bien lo que estaba ocurriendo. Hasta aquellos momentos creía que la amistad volvía a la gente inmortal. No había conocido más pérdida que las caricias de seda de mi madre y la idea del adiós solamente se parecía a aquel domingo cuando alguien la arrancó de mis brazos.
Al verlo así, yo lo llamaba por su nombre y giraba y giraba sobre mis piernas hasta que, mareado, caminaba a los tumbos porque eso a él le solía dar risa, aún más risa.
Pero nunca imaginé cómo era separarme de él, de mi amigo del alma.
Mi amigo ha muerto.
Un día sus padres se lo llevaron de aquí y cuando nos despedimos, me prometieron que pronto volvería, que estaría de vuelta antes de que comenzara a extrañarlo y que me devolverían con su regreso, la algodonada risa, su bullicio de grillos.
Yo me acerqué a mi amigo y me puse a aplaudir muy fuerte como cuando nos traían el postre que nos gustaba, y le acaricié la cabeza. Luego me mojé los pantalones , porque el pecho se me partió en dos.
Eso sentí. Pero todos a mi alrededor me palmearon la espalda o me abrazaron un poco. Nadie me regañó. Él me miró con sus ojos escapados del cielo, se sonrió débilmente y gritó un poquito como era nuestra costumbre cuando nos dejaban salir al patio los días de lluvia para chapotear en los charcos.
Nadie hasta entonces me había explicado la muerte y después aprendí que la muerte era quedarse con las manos vacías de sol, con las sonrisas acumuladas en la boca húmeda, con las ganas de gritar amarradas al silencio y con un amor intacto, atónito en el pecho. Y era quedarse incrédulo ante la ausencia, asfixiado de asombro, preguntando “ por qué, por qué, por qué…”
Mi amigo ha muerto. Mi amigo del alma.
Alguien faltó a la promesa. Alguien no me dijo la verdad y yo me inventé la mentira de su retorno. Desde entonces y sin sentido, lo he buscado en cada rincón de nuestra casa, husmeando por los rincones como un perro herido que anhela un refugio seguro.
Alguien me dijo sin pensar, como al descuido: “Cosas que pasan”.
Es mentira. Estas cosas no pasan nunca. Cada parte de él me espanta la posibilidad del olvido y vivo en él, en cada gesto, cada sonrisa, cada ruido que se le escapó a la muerte. Mi vida sin él es otra vida. No me acuerdo cómo era el buen olvido.
¿Cómo hago para no escuchar su risa de lana contagiando mi ánimo, sus manos blandas arreándome hasta el patio , sus amaneceres húmedos en tropiezos hasta llegar al baño, sus arrebatos ingenuos como cuando aquel domingo, se bajó los pantalones para darle la bienvenida a sus padres?
He quedado un poco huérfano, un poco solo. La parte de mí que se rindió a su amparo se reserva un silencio tan grande que me asusta. Mi mundo es menos mundo desde que él no se encuentra.
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“¿Qué me has hecho, amigo? ¿Qué me has hecho?
Ahora que ya podía pronunciar tu nombre, que había aprendido a formar frases venciendo el silencio gutural de nuestros primeros

encuentros, si habíamos aprendido a derrotar obstáculos, si habíamos tenido el sueño de crecer pero juntos…
¿Aún somos amigos verdad? ¿No ves que aún corro tras tu afecto aplaudiendo por todo por todo, por todo?
Dime, amigo…¿Crees en los ángeles? Yo ya no. Mis únicos ángeles eran mi mamá y tú y así, de un plumazo, tú te has ido y mi madre es una mujer dorada de amor y de ternura, que me toma en los brazos y me dice “Ya pasará, ya pasará, ya pasará”
Dime, amigo, ¿Qué coros arrullarán tu muerte, quien te tapa en las noches o acaricia tu cara colorada y redonda? ¿Quién te quiere tanto como yo?¡Como yo!
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Estamos en Diciembre. Estoy de regreso, por unos días, en mi antigua casa. Mi patio pequeño me recibe con su olor a ligustrina. Todo está lindo. Todo está en calma.
Haciendo gala de mi aprendizaje y de mis nuevas habilidades adquiridas, tomo mi silla y la coloco a la sombra.
El chico de enfrente me mira, se sorprende pero me saluda. Casi me alegro, pero el recuerdo de mi amigo blando y con mejillas rojas, muerto de risa por todos los rincones de mi casa grande, me devuelve a la verdad de la ausencia.
Miro la calle y me doy cuenta de que en cada perfil, de que en cada persona que camina, que ríe, estoy buscando un poco a mi amigo. Y siento que quiero rescatarlo pero no sé de dónde y en mi torpeza ahora dulce y entrenada, recreo un poco la bondad de su amistad y me siento más fuerte.
Y lo extraño. ¡Lo extraño tanto!
Y es raro. Tengo por él, en los ojos, la constancia de las lágrimas y en mis labios, una sonrisa grande de felicidad. Él me ha dejado con las manos llenas de pájaros, el cariño pendiente a flor de piel y el calor de su mano sofocada en la mía. Él fue quien me enseñó a qué se parecía vivir sin miedo, a qué se parecía vivir con entusiasmo, cómo era correr a los tumbos y a las risas, escapando de un destino, que a pesar de inalterable, ahora me parecía bueno y casi necesario, porque por haber nacido así, así como soy, había podido conocerle.
Y cuando vuelva a la casa grande, esa que mi padre llama el internado, voy a volver valiente, pero inventándolo en cada uno de sus pasos tambaleantes, en sus brazos extendidos y sus ruidos mojados, su valor de héroe chiquito, mareado de felicidad, tironeando de la ropa, y, de esa manera, recuperaré las ganas de seguir creciendo, entrenando mi cuerpo y mis amores, mis hábitos y mis incomprensiones…Y si ahora lloro otra vez, sostenido del pecho de mi madre, abrazado a ella , derramado en ella, es porque no alcanzo a entender muchas cosas y es otra vez mi madre la razón de mi vida. Pero entonces ella me habla y me habla de él, de mi amigo; me dice que no olvide su mundo de campanas, su vocación de grillo, y entonces comprendo que a él le debo la valentía y la risa. Y si le debo la risa, le debo todo un universo de futura alegría. Él me ha dejado esa enorme responsabilidad. No podré defraudarle.
Nunca, ya nunca podré claudicar.
Y por eso yo voy a esperarlo siempre, tanto como dure el tiempo…
Amigo del alma, siempre.