Inevitablemente, amando a Sabina

(Subtítulos y letras prestadas en crónica
de un despido , son de mi Joaquín.)

“Nos sobran los motivos” ” (Álbum Nos sobran los motivos 2000)

Solamente tengo que atravesar la puerta y llegar a la acera. Camino tratando de mantener el equilibrio y la dignidad, con una media sonrisa en la boca, para mostrar, de alguna manera, una tranquila indiferencia. Yo, como siempre, callada y morena.
Mis zapatos advierten mis piernas temblorosas y me aprietan, a propósito, los pequeños pies. Me dicen (mis zapatos con tacones) que me ayudan a sostenerme, me ofrecen su lealtad. Somos tus aliados, me gritan, y yo los miro y asiento con la cabeza. Gracias les doy a mis zapatos con tacones. Tienen ellos aún concepto de lealtad. Como yo.
Me acaban de comunicar que prescinden de mí, que por razones que son lamentablemente inesperadas prescinden de mí, que en nombre de una reestructuración inventada con astucia prescinden de mí, en definitiva, que me tiran a la calle.
Dicen, cómo dicen siempre, que yo puedo fácilmente encontrar otro trabajo , que soy muy capaz, que mi esfuerzo ha sido notorio, que me dan tiempo para que busque otra cosa, que me dan tiempo para aceptar mi cadalso, en fin, pero que me tiran a la calle. ¿Para qué disfrazar lo que no se puede? … La ornamenta del lenguaje social, el protocolo de la hipocresía, lo políticamente correcto al hablar, la estrategia de la oratoria mentirosa. Y otra vez el desencanto, otra vez.
No quiero llorar y estoy llorando. Un ángel con estudiado pudor se atreve a tomarme por la espalda. Ángel, ángel, le digo, ayúdame.
Mis lápices partidos me gritan también desde lo que será mi antiguo escritorio. Eres una reina, me dicen mis lápices. Las reinas no lloran delante de plebeyos. Y entiendo. Ellos quieren que recurra a un linaje de dignidad, a mi buen orgullo.
Claro, claro, les digo. Una reina abdica con una media sonrisa entre los labios. Siempre.
Con una estudiada cara de preocupación, con una postura nada original que intentaba infundir compasión y autoridad, el característico cruce de
brazos, el sillón en diagonal echado hacia atrás, la pierna derecha cruzada sobre la izquierda dejando un espacio amplio, la espalda apoyada, la mirada redonda invocando una comprensión que no era real , se me informó de la situación . Balance de situación.
Todo está estudiado, todos los seres humanos nos repetimos, no somos originales, hacemos, pensamos, decimos las mismas cosas, utilizamos los mismos recursos. Nos movemos de tal manera que nuestro cuerpo anticipe lo que vamos a decir para que se haga más fácil el discurso, nos movemos sabiendo que el mensaje subliminal ya está enviado, yo puedo, yo mando, tú no puedes, tú no mandas, quien puede más, quien tiene que aceptar, quien tiene que obedecer, quien está en el lado vulnerable, quien ejerce, quien acata. ¿A quien matamos hoy? Claro, claro. A mí.
Mientras tanto se escuchaba la radio. Sabina cantaba promoviendo una huelga de infamia. Su voz tan querida para mí me restauró ligeramente. ¿Qué cantaba? Si, ya recuerdo. “Nos sobran los motivos”.
Hola, Sabina, pienso. ¿Me ayudas a vivir este instante? ¿Me ayudas a sobornar al desconcierto para que mis ojos no me traicionen? Cántame, Sabina. Cántame al oído, que no quiero llorar porque las reinas no lloramos en público. Cántame, por favor.
Confieso que este pernicioso optimismo ha sido en mi vida mi mayor verdugo, aparte de los tantos verdugos que como éste, al mejor estilo Poncio Pilatos, me entrega a una tristeza atónita. El grillo de mi corazón se suicida desde una cornisa de silencios. Me vuelvo vulgar y pienso ¿Por qué a mí? Siempre decimos lo mismo. ¿Por qué a mí?
El asombro alquiló mi cerebro y sólo atiné a decir algo así como “sí, entiendo”. Todo lo que uno puede decir para ocultar la desolación, el orgullo, la incertidumbre.
Vivimos y he vivido inmersa en un mito colectivo de “debo ocuparme del futuro, cómo sigo, qué hago, cómo sobrevivo a esto si soy un caracol con mi casa a cuestas, si todo lo que quiero es trabajar…”. Pero las reinan no ruegan. Mejor me callo, pensé.
Amé a Sabina aquel instante porque para no llorar me deslicé por una de sus frases. “No acuséis a mi corazón tan maltrecho y ajado que está cerrado por derribo”. Amé a Sabina porque dijo lo que yo quería decir y no dije. Gracias, mi amor.
Aspiro el aire frío. Ya estoy afuera. Las reinas ni cuando abdican tienen que bajar la frente. Y otro ángel extiende una alfombra roja por la acera y acomoda mi corona.
Los dioses profanos han jugado a los dados. Subastan las dignidades y no se inmutan. Claro, claro. Si no son humanos. Se disfrazan de humanos.
Los escaparates de enfrente se compadecen de mí y se tornan de un color oscuro para que nadie vea que estoy temblando. Gracias, les digo a los escaparates y ellos me sonríen. El sol se escabulle por lo plomizo del cielo y me arroja una lentejuela amarilla.
Camino hacia el bar de los ceniceros llenos. Camino hacia el bar, pero tengo tanto llanto en los ojos , que todo se desdibuja. Sólo la voz de Sabina acaricia el aire frío, sólo la identidad que sin querer, hallo en su poesía me salva del naufragio.
Te amo, Sabina. ¿No quieres casarte conmigo?
El aire vulnerado de invierno me empuja dentro del bar y yo me seco las lágrimas.
No es sólo el trabajo, es la mano de cal que no descansa en mi vida, nunca.
Mi mesa levanta una pata y me llama. Ya voy, le digo con un hilo de voz y ella misma acomoda sobre su pecho fraterno el mantel para halagarme. De repente, escucho un grito blando, casi infantil, desde la hondura de mi pecho. Alguien en mí se muere. Aquella que quería creer en la bondad.
Y yo sigo amando a Sabina, inevitablemente.

“Una Canción para la Magdalena” (Álbum 19 Días y 500 noches 1999)

Tiemblo y no quiero. Es sólo un trabajo, repito. ¿Tiene alma una traición? O será que el mundo es una gran traición. Yo misma me traiciono con tanta tristeza. Siento mucha vergüenza.
Una vez escuché esta pregunta: ¿De qué se muere el hombre en la montaña?
Y luego la respuesta: se muere de vergüenza, porque esa vergüenza no le deja pensar en cómo salir de allí. Hoy me moriré en la montaña.
Una sensación de absurdidad me hace verme grotesca en los cristales del bar. Se acerca mi camarero, el de siempre, el que es mi amigo y me pregunta qué me pasa. No le puedo contestar. Me da vergüenza y me sonrío. Sé que quiere ayudarme. Pero nadie me puede ayudar.
¿Cómo explicamos los daños evitables?
Los ceniceros hacen una ronda y me cantan una canción. Gracias, les
digo. Una canción de cuna, si es posible. Y una mano invisible y bondadosa mece una cuna en el lado izquierdo de mi cuerpo helado.
La televisión del bar está, como siempre, encendida. El canal de la música… y ¿quien está cantando? Claro, Sabina. Mi Sabina. “Una canción para la Magdalena” .Alcanzo a escuchar : “dueña de un corazón tan cinco estrellas”.
Cuéntame , Joaquín ¿Cómo es tener un corazón cinco estrellas? ¿Tengo yo un corazón cinco estrellas? Pero, ¿de qué me vale si lo tengo? Sonrío, sólo un poco.
Sabina interrumpe la develada verdad de mis verdugos y yo le digo: “bueno, mi amor, te dejo cantar”.
Una película en blanco y negro surca mi mente. Es un mundo sin héroes ni estandartes.
Hoy estoy subida a mis palabras, haciendo acrobacias, piruetas con mi desazón y con un público de Borgias, Nerones y Pilatos aplaudiendo debajo.
Se me hace difícil respirar. Me pesa tanto el corazón que pierdo el equilibrio y me caigo. Un río de lágrimas arrastra el mostrador hacia la calle. Si me ahogo, me ahogo por ti, me dice el mostrador. Yo también soy tu aliado. Yo te salvaré, le contesto.
El camarero, mi amigo, rescata al mostrador del río, me sonríe y yo lo quiero un poco más. Veo bondad en sus gestos. Todavía existe la bondad. Él me pregunta si me gusta Sabina y yo le digo que sus letras hoy me han salvado del naufragio.
Cántame, Joaquín, cántame.
Le pido a mi camarero una sonrisa y él me la trae en la bandejita donde suele traer el cambio. Le pido perdón por la tristeza, me levanto y cuando le quiero pagar, me dice que aparte de la sonrisa, me regala la Coca Cola Light. Gracias, le digo y le pongo en su mano, como al descuido, una puntita, una arista de las estrellas de mi corazón. Mi corazón cinco estrellas. Despido a mi mesa, a mi mostrador, a mis escaparates, porque no sólo me han quitado un trabajo, me han quitado un mundo pequeño, lleno de mi cotidianidad, lleno de detalles, lleno de alguna pasada confianza. Mejor me voy ya. No sea cosa que aparezcan los depredadores.
Y sí, me voy, ahora me voy cantando con Sabina.

Por el Boulevard de los Sueños Rotos (Álbum “Esta boca es mía” 1994)

“En el Boulevard de los sueños rotos vive una dama de poncho rojo, pelo de plata y carne morena…”

Me invento por los hombros un poncho rojo. Lo del pelo de plata, ya me lo está dando un siglo de trincheras y de ocasos como éste.
Trato de ordenar mi corazón como si fuera un cajón en el cual guardamos todo lo que nunca sabemos dónde guardar, hasta que un día no lo podemos cerrar. Camino por el boulevard de los sueños rotos y me pregunto por dónde comenzar a reconstruir mi corazón. Una pieza aquí, otra allí, y allí. Lo vuelvo a desarmar y empiezo de nuevo.
“Mestiza ardiente de lengua libre, gata valiente de piel de tigre…”
¿No he sido valiente ya? La valentía fue mi sello, la gratitud mi engaño, la resistencia, mi herramienta. Ya no soy valiente, soy sólo una sombra con los ojos más tristes del mundo y un corazón latiéndome en la mano, que pongo en mi bolsillo para no perder.
Camino por esta callejuela conocida, mi calle, la que transité durante estos años y pienso que de a poco tendré que despedirme de ella también. Ella, mi calle, abre su pecho y me cobija. No llores más, me pide. Con su corazón de cemento me explica que tiene ella más blando el corazón que quienes han subastado mi futuro recuerdo.
-Tienes razón, le contesto. Gracias ,calle, por tu comprensión.
-De nada, me dice con palabras de fino asfalto, y se dibuja flechas para guiarme hacia la acera.
Voy pateando latas y colillas mientras futuros almanaques me anticipan un tiempo raro.
Me diluyo en mi propio espejismo. Me avergüenzo de mí. Romperé todos los espejos. Todo se desmorona, la lealtad, el orgullo, la traición, la frialdad, esa ingrata estrategia de las decisiones. Todo vale en el juego de las máscaras. El cabello me cae húmedo por el cuello y cruzo otra calle sin nombre ni semáforos.
Yo tenía ganas de salvarme de nuevos desencantos. Mi historia de héroes anónimos pierde uno de sus últimos, mi edad agotada de
madurez me juega en contra. Sé que me quedará una cicatriz. Esa es la estrategia de la memoria.

Los deshonores cumplen su circuito nefasto y las penas son cíclicas, todo es cíclico. Con este despido van también mis ganas de descansar, mis ganas de presumir, la alegría de la gratitud, la bondad de los días con sabor a sustento.
Hace frío y las nubes bajan a mis pies y me hacen otra alfombra para que camine con más levedad. Ya ni siento las piernas. ¿Qué voy a decir en mi casa?
Mi camarero me quiere, un ángel me quiere, los escaparates, las nubes, la mesa del bar, mi calle, pero en mi trabajo no. No me quieren. Sólo fui un objeto reemplazable. Un número en los papeles, una utilidad no más útil.
Y así, como un trompo de ardillas desvalidas, con esta tanta alegría desperdiciada en mi inútil optimismo sin ropas ya, abro mi último depósito de lágrimas y lo malgasto, lo derramo, jugando con las baldosas de la acera con mis pies con nubes, haciendo el mono como una niña que vuelve del colegio, en un olvidado boulevard donde, inevitablemente, caen como soldados malheridos, mis sueños, mis sueños rotos.

Calle melancolía (Álbum Joaquín Sabina y Viceversa 1986)

Llego a la avenida. Necesito un abrazo y le pido a la llovizna que me abrace, le pido al semáforo que me abrace, le pido a Sabina que me abrace y él, mi amor, me abraza.
“Por la ciudad camino, no preguntéis a dónde…busco acaso un encuentro que me ilumine el día”.
Las palabras de su canción me hacen sonreír al fin. La avenida se ensancha como una inmensa cueva de motores que rugen y el hombrecito verde del semáforo me grita que me dé prisa, que puedo pasar. Le hago una breve reverencia dieciochesca, le guiño mi ojo con rimmel derramado y cruzo. Canta, Joaquín, cántame.
Me siento en un banco de una parada de autobús. Ya ni sé dónde estoy.

Alguien me acaba de arrancar las alas de cuajo. Y yo que nací sin brazos, ahora me siento desprovista. ¡Hombres de poca monta!, me grita mi calle. ¿Dejarás de volar por ellos? Los semáforos asienten y acarician mi frente. Gracias, semáforo. ¡Gracias, hombre verde del semáforo!
Los sapos miran a los pájaros y no entienden nada, solían decirme. Y es verdad. Los sapos no entienden la belleza de los pájaros. Hoy pago con tristeza, mi anemia de cordura.
Y ahora continúo caminando, llorando, pateando sapos por la gran avenida de los humos largos.
Sabina canta: “El campo estará verde, debe ser primavera…”. Yo le digo que no, mi amor, no te equivoques, que lo verde es una alfombra de sapos, de sapos malos.
Han ganados los malos.

Con la frente marchita (Álbum Mentiras Piadosas 1990)

Comienzo a caminar hacia mi casa. ¿Cómo lo diré? ¿Cómo les voy a contar?
Hay una niña sentada en un banco que me mira y me recuerda a mí. En alguna parte de mi niñez alguien me enseñó la vida del revés, alguien me dio la mala educación de la lealtad, de la alegría, de creer que hay premios a cuenta. Ahora digo, a diferencia de mi infancia aniquilada, que “cuando sea grande voy a ser menos buena”.
Pero eso sí…Cuando sea grande me voy a casar con Sabina.
Un poco a la deriva, camino sabiendo que alguien se me muere en los recuerdos futuros. Camino con la frente marchita .Vuelvo a casa con la frente marchita. Las notas de una guitarra mágica atraviesan el aire frío y amortajan la usura de la dicha. Hace no menos de dos
horas tenía el corazón atestado de grillos. Y una hamaca, de repuesto. La rara sensación de aliviar mi fatiga.
Camino más rápido, casi corro. Tengo las piernas como de algodón, no me sostienen bien. Acaso me despierte y ésta sea una más de mis pesadillas.
No es sólo un trabajo, es otra vez la decepción. Otra vez la sal en la herida. Otra vez.
Aspiro profundo y practico palabras tales como “¿Saben que me quedé sin trabajo?” .Y todos me preguntarán: ¿Tu trabajo?. Yo les diré que sí, que sí, que creí ver un nuevo amanecer pero el sol tuvo un accidente, terrible, terrible y se murió. En mi corazón se murió, en mis pupilas se murió. Y yo soy grande pero todavía le tengo miedo a los muertos.
Camino tratando de encontrar una chistera en algún contenedor para sacar un almanaque mágico y que esto no haya pasado. Que hoy es ayer y estoy feliz.
¡Cántame, Joaquín, cántame!
Tengo mucho frío y del pecho partido me salen gorriones totalmente ebrios de dolor. Yo les digo que se queden conmigo, a mis gorriones, que me hagan compañía, que estoy tan triste como toda esta ciudad en penumbras, en este invierno que fuma su tabaco de lluvia, y moja el alma que me queda.
¿De qué se muere el hombre en las montañas? Se muere de vergüenza.
Para engañar a mi cerebro, sigo haciendo el mono por la calle y me sonrío. Pero tengo tanto frío, mucho frío, tengo una pena con hambre que mastica mi cuerpo.
No te escucho, Joaquín. No te calles ahora, por esta avenida de las luces largas.
Y pido, por favor, que alguien salve mis futuros recuerdos. Pero eso es imposible. ¿Pueden los sapos entender la belleza de los pájaros? “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió”, cantaría mi amor.
A veces los verdugos se debilitan y parecen matar pero dejan a las víctimas en una tibia agonía incrédula.
La avenida es un río por mi culpa. ¡Que lástima! Tantas lágrimas están barriendo con los coches, con las sombras y con los transeúntes. Me miran un poco enfadados , pero yo les explico que pronto pasará.
Camino para atrás, como un cangrejo perdido en su mundo al revés .No quiero llegar a casa. Hoy ha habido demasiados accidentes. Veo un bar abierto y aunque es un poco tarde, entro, busco una mesa junto a la ventana y me siento. Siento vergüenza.
¿Cómo les diré que ya no tengo trabajo?
Pido un cortado bien caliente y le pregunto al camarero si tiene una porción de consuelo, un vaso con piedad para darles a los que no me quieren, pero me dice que no, ya no hay.
Enciendo un cigarrillo y lo fumo como si fuera el último. Miró la negrura del horizonte y como una caricia blanda la radio vuelve a derramar a Sabina, tratando de sobornar a mis miedos.
Como un gorrión pequeño, loca de tristeza e incredulidad, llamo bajito a mi mamá, a mi amiga, a mis pájaros. Apoyo la frente en mis manos y me rindo, en aquel rincón ajeno, muerta de frío, ensayando el olvido, la pausa, una tregua.
Y me quedo allí, escuchando, hablando con mi Joaquín. Y digo que cuando sea grande y menos buena, me voy a casar con él.
Ya nada puedo hacer. Los sapos fingen la piedad ,pero no les creo.
El día se estrangula de oscuridades y los insomnios me hacen burla desde el otro lado de la avenida . Seguramente, mañana resucitaré. Soy experta en eso.
Sí, y para salvarme de este mundo de números e indiferencias, de disfraces y apatías, de amables entregadores y curas sin sotanas, bebo mi café con invierno y diez versos, me seco, creo, las últimas lágrimas que quedaban en el depósito de mi corazón sin banderas, y me quedo jugando con la servilleta de papel, sin trabajo, sin manos,
sin futuros buenos recuerdos, sin perdón, sin perdón, inevitablemente, inevitablemente amando a Sabina.